Málaga, 6 de junio de 2025 – Una escena inusual se desplegó ayer frente a las puertas de la antigua Tabacalera, dejando a los viandantes atónitos y con una mezcla de curiosidad y confusión. Un grupo de extrabajadores del extinto Centro Municipal de Informática (Cemi), ataviados con pancartas y tapones en los oídos, protagonizaron una singular procesión, acompañados del ensordecedor sonido de sirenas y pitos.
La protesta, orquestada por los informáticos del Cemi, convertidos ahora en figuras de resistencia administrativa, tenía como objetivo visibilizar su precaria situación laboral. Un improvisado «niño del megáfono», como lo bautizaron algunos curiosos, se encargaba de explicar, con un lenguaje técnico salpicado de jerga burocrática, los entresijos de su lucha. Las pancartas, plagadas de lemas ingeniosos y referencias a líneas de código y errores 404, daban un toque surrealista a la manifestación.
Este colectivo, compuesto en su mayoría por profesionales de mediana edad, aquellos que en su día dominaban el arte de descifrar el lenguaje binario y regañar a los usuarios por un uso negligente de las funciones de Word, ahora se ven inmersos en una batalla por sus derechos laborales. La extinción del Cemi ha dejado a estos expertos en el limbo administrativo, enfrentándose a condiciones laborales inciertas y un futuro profesional en jaque. La procesión, más allá de su carácter pintoresco, representa la frustración y la determinación de un grupo de profesionales que exigen ser escuchados y valorados.
La inusual procesión de los informáticos del extinto Cemi, convertida en un esperpento sonoro frente a la Tabacalera, es mucho más que una anécdota pintoresca. Representa la deshumanización del mercado laboral y la facilidad con la que la administración pública desecha el talento especializado cuando ya no encaja en sus planes. Si bien la creatividad en las pancartas y el uso del «niño del megáfono» añaden un toque de humor negro a la protesta, no deberían distraernos del fondo del asunto: profesionales altamente cualificados, pilares de la digitalización municipal en su día, se ven ahora relegados a un limbo laboral por la falta de previsión y, posiblemente, de voluntad política para encontrarles una salida digna.
Más allá del ruido mediático y la curiosidad que pueda generar este acto de protesta, es imperativo que el Ayuntamiento de Málaga asuma su responsabilidad y ofrezca soluciones concretas a estos trabajadores. No basta con el reconocimiento superficial a su trayectoria; es necesaria una reubicación justa, una formación adecuada a las nuevas demandas del mercado o, en su defecto, una indemnización acorde a los años de servicio prestados. De lo contrario, esta procesión estridente se convertirá en un símbolo de la precariedad laboral y la ingratitud institucional, dejando una cicatriz imborrable en la imagen de una ciudad que presume de innovación y futuro.
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