Málaga, 12 de junio de 2025 – El sol brilla en la Costa del Sol, las playas se llenan de turistas y la vida parece discurrir con la alegría característica de la ciudad. Sin embargo, bajo esta idílica postal se esconde una preocupante realidad: el hígado graso, o esteatosis hepática, se ha convertido en una epidemia silenciosa que afecta a uno de cada cuatro malagueños. Esta acumulación de grasa en el hígado, impulsada por dietas desequilibradas, el consumo excesivo de alcohol y otros factores como la obesidad y la diabetes tipo 2, se está convirtiendo en una bomba de relojería para la salud pública.
Carlos Alegría, jefe de Aparato Digestivo de HM Hospitales en Málaga, ha alzado la voz para advertir sobre la gravedad de esta situación. “Es una enfermedad completamente asintomática en sus estadios iniciales”, explica el doctor, “lo que significa que la mayoría de las personas afectadas no son conscientes de que la padecen hasta que la enfermedad avanza”. Esta falta de síntomas dificulta el diagnóstico temprano y retrasa la adopción de medidas preventivas, permitiendo que el problema se agrave.
El peligro radica en la progresión de la enfermedad. De ese 25% de la población malagueña que sufre de hígado graso, un tercio entra en la fase de esteato hepatitis, un estado en el que la grasa acumulada provoca inflamación. Esta inflamación crónica, si no se trata adecuadamente, puede llevar a la cicatrización del hígado, un proceso conocido como fibrosis. Y es aquí donde la situación se complica aún más, ya que aproximadamente un tercio de las personas con fibrosis hepática pueden desarrollar cirrosis, una enfermedad grave que puede desembocar en cáncer hepático o hepatocarcinoma en un 2% de los casos. «Es una enfermedad peligrosa, muy prevalente; puede ser peligroso que no lo diagnostiquemos y le pongamos una solución», recalca el Dr. Alegría.
Ante esta alarmante situación, la prevención y el tratamiento temprano se convierten en armas fundamentales. La buena noticia es que el hígado graso es reversible en sus primeras etapas. «La nutrición es importantísima, una comida sana, ejercicio diario y cuidarse», insiste el doctor Alegría. Una dieta equilibrada, rica en frutas, verduras y baja en grasas saturadas y azúcares, combinada con la práctica regular de ejercicio físico, puede ayudar a reducir la grasa acumulada en el hígado y disminuir la inflamación. Además, es crucial moderar el consumo de alcohol, ya que este es uno de los principales factores de riesgo para el desarrollo de la enfermedad.
La detección temprana es clave para evitar que la enfermedad progrese a etapas más graves. «Lo importante es reconocer antes los estados de fibrosis del hígado», explica el doctor Alegría, «porque si esta inflamación ya te llevó a una fibrosis, es como una cicatriz: esa cicatriz no va para atrás, no recupera». Por ello, es fundamental que las personas con factores de riesgo, como obesidad, diabetes tipo 2 o antecedentes familiares de enfermedades hepáticas, se sometan a revisiones médicas periódicas para detectar cualquier anomalía en el hígado.
Que Málaga, faro de salud y bienestar para miles de turistas, se vea ahora a la sombra de una epidemia silenciosa como el hígado graso, resulta irónico y preocupante. La noticia, más allá de la estadística alarmante, debería servir como un toque de atención para las autoridades y, sobre todo, para nosotros mismos. No es casualidad que esta enfermedad, ligada a malos hábitos alimenticios y sedentarismo, prolifere en una sociedad obsesionada con el hedonismo inmediato y la cultura del «terraceo» desmedido. Es hora de preguntarnos si el «dolce far niente» malagueño no se está convirtiendo en una receta para el desastre metabólico, donde el culto al cuerpo, a menudo exhibido en nuestras playas, esconde un deterioro interno preocupante.
Si bien la llamada a la acción del Dr. Alegría es encomiable y necesaria, enfocándose en la nutrición, el ejercicio y la moderación, creo que se queda corta. Combatir esta «epidemia silenciosa» requiere un enfoque mucho más ambicioso y holístico. Necesitamos políticas públicas que fomenten el acceso a alimentos saludables y asequibles, campañas educativas efectivas que desmitifiquen la «dieta mediterránea» (que a menudo se interpreta como una excusa para freírlo todo en aceite) y una revisión profunda de los planes de estudio para inculcar hábitos saludables desde la infancia. De lo contrario, seguiremos lamentando las cifras mientras contemplamos, impasibles, el avance implacable del hígado graso a la sombra del sol malagueño.
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