Las calles de Campanillas, uno de los barrios más emblemáticos de Málaga, han vuelto a respirar con alivio tras el paso de las recientes lluvias que azotaron la provincia. No obstante, el temor persiste. La comunidad sigue en alerta ante la posibilidad de trombas que puedan desbordar el río Campanillas, cuya situación sigue siendo crítica a pesar de los esfuerzos de control y prevención. La presa de Casasola, situada varios kilómetros aguas arriba, ha sido fundamental para contener las riadas, evitando así un desastre inminente, como se ha evidenciado durante las recientes DANA.
En el último episodio de lluvias intensas a mediados de noviembre, se registraron cifras alarmantes que hicieron que los servicios de control de la presa estuvieran en constante vigilancia. Entre las 13:00 y las 14:00 horas, la entrada de agua alcanzó 1,5 hectómetros cúbicos por hora, un caudal dramático que se acercaba al umbral crítico de una serie de inundaciones. 93,5 litros por metro cuadrado cayeron en una única jornada, y el río llegó a alcanzar una altura de 3,2 metros.
A pesar de la capacidad de la presa de Casasola, que almacena actualmente 13,31 hectómetros cúbicos de agua —casi la mitad de su capacidad total de 21,72 hectómetros cúbicos—, la comunidad de Campanillas no puede considerarse completamente segura. Después de la primera DANA que tuvo lugar el 29 de octubre, donde el río llegó a profundidades inesperadas de 3,97 metros, muchos vecinos temen que una nueva borrasca como la que se vivió durante la famosa borrasca Gloria en 2020 podría volver a poner sus hogares en riesgo.
La Empresa Malagueña de Agua (Emasa) ha tenido que tomar decisiones críticas en el manejo de los recursos hídricos. En su esfuerzo por abastecer a la ciudad mientras se enfrenta a los efectos de la sequía, se ha visto obligada a extraer aproximadamente 700 litros por segundo del embalse de Casasola, lo que representa casi la mitad del suministro a la ciudad de Málaga. Este delicado equilibrio entre abastecimiento y seguridad es una tarea compleja, que requiere monitoreo constante para poder responder de manera efectiva a futuras emergencias.
A pesar de la incertidumbre, los vecinos de Campanillas han comenzado a organizarse en torno a la búsqueda de soluciones a largo plazo. Comités de vecinos están presionando a las autoridades para que se inicie el encauzamiento del río Campanillas, un proyecto que promete ofrecer una solución definitiva a las constantes inundaciones que han asediado la zona. La presión de la comunidad se hace más fuerte, especialmente tras recordar el clima devastador del pasado reciente.
La historia de Campanillas refleja una lucha constante contra la naturaleza, pero también pone de manifiesto la resiliencia de sus habitantes. Es un recordatorio de que, aunque la presa de Casasola ha hecho su trabajo, la seguridad de un barrio no puede depender únicamente de infraestructuras. La colaboración y la planificación son esenciales para crear un futuro donde la angustia de las trombas de agua no siga siendo parte cotidiana de la vida de los campanilleros.

La situación de Campanillas tras las recientes lluvias no solo es una cuestión meteorológica, sino un claro reflejo de la falta de planificación urbana y medioambiental en Málaga. Si bien la presa de Casasola ha demostrado su valía al evitar inundaciones desastrosas, la dependencia de una única infraestructura crítica para la seguridad de un barrio entero es preocupante. No se puede restar importancia al hecho de que, a pesar de la previsión y los esfuerzos de control, las cifras de precipitaciones siguen siendo alarmantes y el temor de un desastre se ha convertido en parte del día a día de sus habitantes. Este escenario evidencia la necesidad de un enfoque más holístico que combine la inversión en infraestructuras con medidas de adaptación al cambio climático, así como un conjunto de políticas públicas que prioricen la seguridad sobre la urgencia del abastecimiento de agua a la ciudad.
La respuesta de la comunidad en Campanillas, organizada y proactiva, es un ejemplo de cómo la resiliencia social puede ser un motor de cambio. Sin embargo, esta realidad pone de relieve una falla fundamental en la conversación sobre la gestión del agua y el entorno: el pueblo no debería ser quien «pida» soluciones, sino que debe encontrarse en el centro de un plan de acción construidos por las autoridades. El encauzamiento del río Campanillas debería ser priorizado, y la colaboración entre los ciudadanos y las administraciones debe ser auténtica y constante, no solo reactiva. Solo a través de un compromiso sincero por parte de las autoridades se podrá asegurar que la restauración de la justicia climática y social sea una realidad, ofreciendo a Campanillas un futuro en el que la amenaza de las trombas de agua no sea una preocupación ni un sinónimo de inseguridad y angustia.
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