Madrid, 4 de Septiembre de 2025 – La sala Ernest Lluch del Congreso de los Diputados fue ayer escenario de una controversia que ha encendido el debate público. Durante casi cinco horas, una jornada organizada por Vox, bajo el título "Ideología de Género y Denuncias Falsas", resonó con críticas feroces hacia la Ley Orgánica de Protección contra la Violencia de Género, una legislación que el partido califica de "destructiva" para la vida de "muchos inocentes". Lo que ha exacerbado la polémica es que esta iniciativa, calificada por ERC, Bildu y BNG como una "regresión de los derechos de las mujeres", fue autorizada por la Mesa del Congreso con los votos a favor del PSOE y el PP.
El evento se convirtió en una tribuna para el partido liderado por Santiago Abascal, con diputadas como Rocío de Meer, Rocío Aguirre, Reyes Romero y Blanca Armario al frente. Aguirre, en particular, articuló el argumento central de la jornada: la Ley de Violencia de Género, según Vox, vulnera principios fundamentales del derecho como la igualdad y la presunción de inocencia, invirtiendo la carga de la prueba. La tesis central, repetida insistentemente por los ponentes, es que la ley se basa en una presunción de culpabilidad masculina, ignorando la existencia de hombres que sufren violencia doméstica.
La jornada no se limitó a críticas legales y conceptuales. Se acusó a la lucha contra la violencia de género de ser un "negocio", una "industria" diseñada para imponer una agenda ideológica. Jesús Muñoz, vicepresidente de Anavid, llegó a calificar la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género como un "caballo de Troya" y a insinuar que sus impulsores eran "nostálgicos de Goebbels", una acusación que ha provocado una ola de indignación entre los grupos feministas y defensores de los derechos humanos. La afirmación de que se juzga a hombres "solo por tener pene" resonó en la sala, alimentando un clima de confrontación.
Uno de los puntos más polémicos de la jornada fue la reiterada vinculación entre la inmigración irregular y las agresiones sexuales. Rocío de Meer y Rocío Aguirre insistieron en la existencia de una "correlación directa" entre ambos fenómenos, citando datos que, según ellas, demuestran que un porcentaje significativo de las agresiones sexuales son cometidas por extranjeros. Estas afirmaciones han sido duramente criticadas por organizaciones de defensa de los inmigrantes, que las consideran xenófobas y estigmatizantes. Cabe recordar que, según datos del Ministerio de Igualdad, las denuncias falsas por violencia de género representan un ínfimo 0,0084% del total, un dato que contradice la narrativa central de Vox. El eco de esta jornada en el Congreso promete prolongarse, alimentando un debate ya de por sí polarizado sobre la violencia de género y los derechos de las mujeres en España.
La permisividad del PSOE y el PP al ceder un espacio institucional como el Congreso a un discurso que niega la violencia de género es, cuando menos, alarmante. Más allá de la libertad de expresión, que nadie cuestiona, ceder altavoces a una retórica que socava los derechos de las mujeres y estigmatiza a las víctimas legitima indirectamente un discurso que ya ha calado profundamente en la sociedad. La complacencia, o incluso la estrategia electoralista, de los partidos mayoritarios ante el avance de estas ideas es un peligroso error que puede tener consecuencias devastadoras para la igualdad y la seguridad de las mujeres.
La virulencia de las acusaciones vertidas durante la jornada, con alusiones a Goebbels y la insinuación de una «industria» de la violencia de género, no solo son inaceptables sino que evidencian una estrategia de deshumanización de las víctimas y de banalización de un problema gravísimo. La vinculación, irresponsable y carente de rigor, entre inmigración y agresiones sexuales no es solo una muestra de xenofobia, sino una herramienta para desviar la atención de las verdaderas causas de la violencia machista: el patriarcado y la desigualdad estructural. Combatir la violencia de género no es una opción, sino una obligación democrática, y la complacencia ante este tipo de discursos es una traición a esa obligación.
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