En la sede madrileña de la calle Bambú, el optimismo se palpa, aunque la cautela sigue siendo la norma. Vox observa con atención las encuestas que le auguran un futuro prometedor, rondando o incluso superando su máximo histórico de votos. Ignacio Garriga, secretario general del partido, clama por una mayoría absoluta, eco del deseo expresado por Santiago Abascal de no ser "muleta de nadie", sino la alternativa real al poder. ¿Una quimera? No para Vox, que ve en el auge de la extrema derecha en Europa un espejo donde reflejar su propia ambición.
Giorgia Meloni en Italia, Marine Le Pen en Francia, André Ventura en Portugal… Nombres que resuenan con fuerza en el imaginario de Vox, líderes que han sabido capitalizar el descontento social y erigirse como alternativas viables. La formación de Abascal, aunque consciente del terreno aún por conquistar, se aferra a la idea de que la ola ultra que ha barrido el continente terminará por alcanzar las costas españolas. Las cifras, sin embargo, muestran una realidad matizada. Si bien Vox se sitúa entre el 15% y el 18% de intención de voto, sus homólogos europeos alcanzan cotas mucho más altas. ¿Es España diferente? ¿O simplemente va con retraso en esta tendencia global?
La irrupción de la extrema derecha en Europa ha generado dos escenarios principales: la formación de gobiernos de coalición, donde la extrema derecha comparte el poder con partidos conservadores, o la creación de "cordones sanitarios" para evitar su acceso al gobierno. En España, el precedente de las comunidades autónomas sugiere que un pacto PP-Vox es posible, aunque las encuestas revelan que Vox ha rentabilizado más su papel de oposición. ¿Optará Feijóo por un acuerdo con Abascal para alcanzar la Moncloa? ¿O se repetirá el escenario europeo de un cordón sanitario que aísle a Vox? La respuesta a esta pregunta definirá el futuro político de España en los próximos años. El auge de Vox no es solo un fenómeno aislado, sino parte de un movimiento global que está transformando el panorama político europeo.
El auge de Vox, presentado con este optimismo cauteloso, debería encender las alarmas en el debate público, no sólo celebrarse como una mera tendencia política. Si bien es cierto que el descontento social es un caldo de cultivo perfecto para las propuestas simplistas y a menudo demagógicas, la normalización del discurso extremista en el espectro político español representa un peligro tangible para la convivencia democrática y los derechos fundamentales. No basta con analizar las encuestas; es imperativo un escrutinio profundo de las ideas que Vox vehicula, su impacto en el tejido social y las posibles consecuencias de su acceso al poder. ¿Estamos realmente preparados para asumir los riesgos que implica la erosión de consensos básicos en materia de igualdad, inmigración o memoria histórica?
La comparación con el «espejo europeo» es, a mi juicio, engañosa y peligrosa. Si bien existen similitudes evidentes en el auge de discursos nacionalistas y populistas en el continente, cada contexto nacional presenta particularidades históricas y sociales que no pueden ser ignoradas. La supuesta «ola ultra» no es un fenómeno monolítico, sino un conjunto de respuestas complejas a problemas específicos. Adoptar una visión acrítica de esta tendencia y proyectarla sobre la realidad española sin un análisis riguroso es un ejercicio de irresponsabilidad intelectual. Más que emular a Meloni o Le Pen, deberíamos aprender de los errores cometidos en otros países para evitar caer en la trampa de la polarización y el retroceso social.
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