En el corazón de la vibrante Aste Nagusia, la Semana Grande de Bilbao, se alza un foco de controversia que ha reavivado viejas heridas: la txosna Txori Barrote. Esta caseta, ubicada en la margen derecha de la ría, se ha convertido en el centro de una agria polémica debido a lo que muchos consideran un indisimulado homenaje a miembros de la banda terrorista ETA. La denuncia, presentada ante la Audiencia Nacional por la asociación Dignidad y Justicia, ha destapado una realidad que sacude los cimientos de la convivencia pacífica y la memoria de las víctimas.
La txosna, identificada por un pájaro carpintero rojo rompiendo barrotes, simboliza, según sus críticos, un alegato a favor de la libertad de los presos de ETA. Encima de la barra, un friso exhibe 16 nombres en mayúsculas, cada uno asociado a una percha. Algunas de estas perchas lucen camisetas blancas con franjas negras, emulando barrotes, mientras que otras permanecen vacías. La interpretación es clara para muchos: se trata de un homenaje a terroristas condenados, algunos de ellos en semilibertad.
Entre los nombres destacados en la txosna se encuentran los de Asier Mardones, condenado por terrorismo, y Garikoitz Aspiazu, alias ‘Txeroki’, ex jefe de ETA. Pero la controversia alcanza su punto álgido al encontrar los nombres de Harriet Iragi y Jon Igor Solana, los asesinos de Luis Portero, primer fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. Su hijo, Daniel Portero, diputado por el PP, ha denunciado durante años la exhibición de estos nombres en las txosnas, considerándolo una humillación constante a las víctimas del terrorismo.
«Asesinaron a mi padre de forma cobarde, con dos tiros en la cabeza por la espalda», declara Portero en la denuncia. «Ver sus nombres en lo alto de la txosna supone una humillación, vejación, descrédito y escarnio para mí, mi familia y otras víctimas de estos asesinos». La presencia de estos nombres, lejos de ser un simple acto de memoria, se convierte en un recordatorio constante del horror y la impunidad, generando un profundo sentimiento de dolor y revictimización.
La polémica en torno a la txosna Txori Barrote ha desatado un intenso debate sobre los límites de la libertad de expresión y la necesidad de proteger la dignidad de las víctimas del terrorismo. Mientras algunos defienden el derecho de la comparsa a expresar sus ideas, otros consideran que la exhibición de nombres de terroristas condenados constituye una apología del terrorismo y una humillación intolerable. La Audiencia Nacional deberá ahora determinar si los hechos denunciados constituyen un delito y si deben adoptarse medidas para evitar que se repitan este tipo de situaciones. La Aste Nagusia, una fiesta que debería ser símbolo de alegría y convivencia, se ve empañada por una controversia que reabre heridas profundas y pone a prueba la capacidad de la sociedad vasca para construir un futuro en paz y reconciliación.

La controversia suscitada por la txosna Txori Barrote en Bilbao es mucho más que una simple disputa sobre libertad de expresión; es un síntoma de las profundas cicatrices que aún persisten en la sociedad española, especialmente en el País Vasco. La exhibición de nombres de condenados por terrorismo, particularmente aquellos vinculados a asesinatos tan dolorosos como el de Luis Portero, no puede ser amparada bajo el paraguas de la libertad de expresión. Se trata, a mi juicio, de una provocación calculada que busca legitimar el terrorismo y mantener viva una narrativa sesgada del conflicto, ignorando el sufrimiento y la dignidad de las víctimas. Este tipo de actos no solo reavivan el dolor, sino que también obstaculizan la construcción de una memoria colectiva basada en la verdad, la justicia y la reparación.
Si bien es comprensible que algunos sectores busquen reivindicar a aquellos que consideran «presos políticos», es imperativo recordar que sus acciones causaron un daño irreparable a miles de personas. La Aste Nagusia, como espacio de encuentro y celebración, debería ser un lugar libre de apologías al terror, un espacio donde todas las víctimas sean respetadas y recordadas. La permisividad ante este tipo de manifestaciones es un flaco favor a la convivencia y a la consolidación de una sociedad democrática y plural. La Audiencia Nacional tiene ante sí la responsabilidad de analizar la situación con rigor y establecer límites claros entre la libertad de expresión y la incitación al odio, garantizando que el dolor de las víctimas no sea instrumentalizado para fines políticos.
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