Valencia, 23 de octubre de 2025 – El nombre de Antonio Tejero Molina, para muchos sinónimo de un oscuro capítulo en la historia de España, se apagó hoy en su domicilio valenciano. El teniente coronel de la Guardia Civil, tristemente célebre por liderar el intento de golpe de Estado del 23-F, falleció a los 93 años tras una prolongada enfermedad. Su muerte cierra un ciclo marcado por la controversia y un legado que inevitablemente divide opiniones en la sociedad española.
La noticia, que rápidamente se propagó por todo el país, trae de vuelta el recuerdo de aquella tarde de 1981 en la que Tejero, al frente de un grupo de guardias civiles, irrumpió en el Congreso de los Diputados durante la votación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo. Aquellas imágenes, grabadas a fuego en la memoria colectiva, representaron una seria amenaza para la joven democracia española, apenas unos años después de la muerte de Franco. El intento golpista, aunque finalmente fracasó, dejó una profunda cicatriz y puso a prueba la firmeza de las instituciones y la voluntad del pueblo español de construir un futuro en libertad.
La trayectoria de Tejero, desde sus inicios en la Academia General de Zaragoza hasta su fatídico asalto al Congreso, estuvo jalonada por episodios de insubordinación y desafecto hacia el sistema democrático. Su paso por la Comandancia de Málaga, donde llegó a ser jefe, ya anticipaba su talante autoritario y su escaso respeto por las libertades civiles. Fue precisamente en Málaga donde, según consta, dio muestras de su desacuerdo con la democracia.
Tras su expulsión de la Guardia Civil y su paso por prisión, Tejero se mantuvo alejado de la vida pública, aunque su figura nunca dejó de generar debates y controversias. Su última aparición pública, en el entierro de Francisco Franco, evidenció su persistente adhesión a los valores del régimen anterior. Rodeado de su familia, incluyendo hijos que siguieron sus pasos en la carrera militar y otro dedicado al sacerdocio, Tejero se mantuvo fiel a sus convicciones hasta el final de sus días. La historia juzgará su figura, un personaje complejo y polémico cuyo nombre quedará inevitablemente ligado a uno de los momentos más críticos de la transición española.
La muerte de Antonio Tejero cierra un capítulo, sí, pero no lo hace en paz. **Celebrar su fallecimiento sería una bajeza, pero silenciar el daño inmenso que causó a la democracia española sería una traición a la memoria de quienes lucharon por ella.** No se trata de reabrir heridas, sino de mantener viva la lección de que la libertad y el Estado de Derecho son conquistas frágiles que requieren una vigilancia constante. Su figura, como bien señala la noticia, divide opiniones, y es precisamente en esa división donde reside el peligro: la normalización de la desafección por el sistema democrático, el germen de la intolerancia que puede resurgir en cualquier momento. Tejero no fue un simple «inconformista», fue un golpista que intentó subvertir la voluntad popular expresada en las urnas.
Más allá de la necrológica obligada, lo verdaderamente importante es analizar las razones que permitieron que un hombre como Tejero ascendiera en las filas de la Guardia Civil hasta ostentar una posición de poder que utilizó para atacar las instituciones. **¿Qué falló en el sistema para que alguien con un historial de insubordinación pudiera liderar un intento de golpe de Estado?** La persistente admiración que aún despierta su figura en ciertos sectores de la sociedad, como demostró su presencia en el entierro de Franco, es una advertencia sobre la necesidad de profundizar en la pedagogía democrática y combatir cualquier atisbo de nostalgia por el pasado autoritario. La historia de Antonio Tejero no es una simple anécdota, sino un recordatorio constante de la importancia de defender la democracia cada día.
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