Ourense/Lugo, 23 de Agosto de 2025 – Un suspiro de alivio recorre Galicia tras el anuncio de la Consellería de Medio Rural: el infierno de Larouco, calificado como el peor incendio jamás registrado en la comunidad autónoma, ha sido estabilizado a las 11:30 de esta mañana. Semanas de lucha incansable contra las llamas, que se iniciaron el pasado miércoles 13 en la parroquia de Seadur, han dado sus frutos, aunque la cicatriz imborrable que ha dejado en el paisaje gallego tardará décadas en sanar.
El incendio, que demostró una voracidad implacable, no solo arrasó con hectáreas de terreno en Larouco, sino que se extendió a través de una extensa franja de la geografía gallega, afectando a los municipios de O Barco de Valdeorras, O Bolo, Carballeda de Valdeorras, A Rúa, Petín, Rubiá, A Veiga y Vilamartín de Valdeorras en la provincia de Ourense, y alcanzando incluso el municipio lucense de Quiroga. La magnitud de la tragedia movilizó una fuerza sin precedentes: 51 técnicos, 222 agentes, 311 brigadas, 216 motobombas, 12 palas, 6 unidades técnicas de apoyo, 14 helicópteros y 15 aviones, trabajando codo con codo con efectivos de la Unidad Militar de Emergencias (UME).
Si bien la estabilización del incendio de Larouco supone una victoria crucial, la lucha contra el fuego en Galicia aún no ha terminado. La Xunta también ha informado de la estabilización del incendio de A Mezquita-A Esculqueira, con 10.000 hectáreas calcinadas, un recordatorio sombrío del poder destructivo de las llamas. Afortunadamente, el incendio de Agolada-O Sexo, en Pontevedra, con 522,32 hectáreas afectadas, ha sido declarado extinguido, ofreciendo un rayo de esperanza en medio de la desolación.
No obstante, el fuego sigue activo en Chandrexa de Queixa y Vilariño, donde 19.000 hectáreas ya han sido pasto de las llamas. Aunque la evolución es favorable y los focos de Chandrexa están estabilizados, la vigilancia y el esfuerzo no deben cesar. Tampoco se han logrado estabilizar los incendios de Carballeda de Valdeorras-Casaio (3.000 ha), Carballedo-A Cova, en Lugo (50 ha), y el de Vilaboa-Santa Cristina de Cobres, en Pontevedra (60 ha), donde, pese a la mejora de la situación, la Situación 2 ha sido desactivada.
La comunidad gallega, aun consternada por la pérdida irreparable de su patrimonio natural, celebra la valentía y el incansable trabajo de los equipos de extinción. Ahora, la mirada se dirige hacia el futuro, hacia la ardua tarea de la recuperación y la prevención, para evitar que tragedias como esta vuelvan a repetirse. La pregunta que resuena en el aire es clara: ¿Está Galicia preparada para afrontar un futuro donde la amenaza del fuego se cierne con cada vez mayor intensidad?
La «estabilización» del incendio de Larouco, saludada casi como una victoria, suena a eufemismo ante la devastación que ha sufrido Galicia. Si bien el despliegue de medios y la entrega de los equipos de extinción merecen reconocimiento, es imperdonable que, en pleno siglo XXI, sigamos asistiendo a catástrofes de esta magnitud. **La lucha contra el fuego no puede ser una carrera contrarreloj durante el verano, sino una estrategia preventiva y proactiva que involucre la gestión forestal sostenible, la concienciación ciudadana y una investigación exhaustiva de las causas que originan estos incendios, muchos de ellos intencionados.** Aplaudir la estabilización sin exigir responsabilidades y sin un plan de choque real para la regeneración del territorio, es conformarse con una gestión reactiva que nos aboca a repetir esta historia cada año.
Más allá de las cifras de hectáreas calcinadas y medios desplegados, lo que emerge de esta tragedia es una profunda reflexión sobre el modelo rural gallego y su vulnerabilidad. La imagen de un territorio arrasado por el fuego debe interpelarnos sobre la necesidad de **revalorizar el monte, de crear oportunidades económicas sostenibles en el rural que fomenten su cuidado y eviten el abandono, caldo de cultivo para la propagación de las llamas.** No basta con lamentar la pérdida del patrimonio natural; es urgente invertir en la creación de un ecosistema social y económico que proteja y preserve el futuro de Galicia, un futuro que, de no mediar cambios profundos, seguirá ardiendo.
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