Málaga, 22 de marzo de 2026. Han pasado veinte años desde aquel 22 de marzo de 2006, fecha que marcó un hito crucial en la historia reciente de España: el anuncio de un alto el fuego “permanente” por parte de ETA. Sin embargo, la memoria de este período oscuro, marcado por la violencia terrorista, parece desvanecerse a ojos de las nuevas generaciones. Para los jóvenes que hoy cursan estudios en centros de primaria y secundaria, nacidos entre 2008 y 2010, la existencia de la banda terrorista se antoja un relato casi mitológico, equiparable a épocas prehistóricas. La persistencia de la memoria histórica se enfrenta a un creciente abismo generacional, donde el conocimiento del terrorismo vasco se reduce a pinceladas superficiales, descontextualizadas y, en ocasiones, francamente erróneas.
La enseñanza del terrorismo vasco en el sistema educativo español se caracteriza por su escasa presencia y su tratamiento superficial. Profesores de Historia, como Ianire Lanchas, del colegio Corazonistas en Vitoria, lamentan la falta de profundidad en los contenidos curriculares. En asignaturas clave como 4º de la ESO y 2º de Bachillerato, el tema se aborda «casi de pasada», dejando a muchos alumnos sin una comprensión clara de qué representó ETA. La proximidad física de monumentos y recordatorios, como el erigido en memoria de Fernando Buesa en Vitoria, no se traduce en un interés genuino por parte de los estudiantes, quienes rara vez interrogan sobre su significado. Esta apatía se achaca, en parte, a la persistencia de un «tema tabú» que, según Lanchas, aún incomoda a una sociedad reticente a confrontar su pasado más doloroso. Un estudio reciente, titulado «Un tema clave, todavía pendiente», corrobora estas apreciaciones, señalando un tratamiento «insuficiente y desigual» de la materia en las aulas, influido por «carencias curriculares», «lagunas en los libros de texto» y, de manera significativa, por la «incomodidad» que aún suscita en algunos sectores del profesorado.
Las razones detrás de esta incomodidad son complejas y, a menudo, arraigadas en miedos sociales. El historiador Raúl López Romo, responsable de Educación del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, apunta a un temor latente entre algunos docentes a ser «llamados fachas o situados en el espectro ideológico de la derecha» si abordan el terrorismo con la profundidad que merece. Esta aprehensión, sin embargo, no parece afectar a las nuevas generaciones de alumnos, quienes, paradójicamente, demuestran una mayor receptividad a escuchar las historias de sus antepasados. Eduardo Ortiz, profesor de Historia en Pamplona, subraya la tendencia al olvido a medida que los eventos se distancian en el tiempo. «Hay muchas ganas entre los adultos de que se pase», confiesa, «pero es que todavía existen pueblos en donde, aunque no matan, no existe la normalidad». Esta dualidad entre el deseo de olvido y la realidad de la memoria viva en ciertas comunidades subraya la complejidad de cerrar heridas que, a pesar de la disolución oficial de ETA hace casi una década, aún supuran.
En una paradoja que refleja las transformaciones políticas del País Vasco, el partido Bildu se ha consolidado como la opción preferida por los jóvenes vascos en estas elecciones. Sin embargo, este ascenso no se corresponde con un conocimiento profundo de las figuras clave vinculadas al movimiento abertzale. Pedro Barruso, profesor de Historia en el instituto Antonio Machado de Alcalá de Henares (Madrid), se muestra sorprendido al constatar que muchos de estos mismos alumnos, votantes de Bildu, «no saben quién es Otegi». Este desconocimiento de los protagonistas de una historia tan reciente y determinante para su propia identidad subraya la desconexión entre la evolución política y la comprensión histórica. La memoria, en definitiva, se fragmenta, dejando a las generaciones más jóvenes con un relato incompleto, donde los símbolos y las realidades del pasado terrorista pierden su contundencia y su carga emocional, convirtiéndose en ecos lejanos de una España que lucha por no olvidar.
Resulta profundamente desolador y, a la vez, premonitorio, constatar cómo el paso del tiempo, esa fuerza imparable que todo lo diluye, está logrando lo que la banda terrorista ETA nunca consiguió: silenciar la memoria colectiva sobre sus crímenes. La noticia sobre la escasa y superficial comprensión del terrorismo vasco entre las nuevas generaciones nos confronta con un peligroso escenario de olvido histórico. Es una llamada de atención sobre la fragilidad de nuestra memoria democrática, que parece dar por sentado que las lecciones aprendidas a un coste tan elevado no necesitan ser transmitidas con la intensidad y profundidad que merecen. Si a los jóvenes la mención de ETA les suena a «Atapuerca», como afirman sus profesores, estamos abocados a repetir errores, no por ignorancia deliberada, sino por una negligente ausencia de pedagogía cívica y histórica. La descontextualización y el tratamiento meramente curricular de un trauma nacional son invitaciones al riesgo de trivialización, un terreno abonado para la desmemoria.
La raíz del problema, más allá de las carencias curriculares o la falta de tiempo, parece anidar en una incómoda resistencia por parte de algunos educadores, temerosos de ser etiquetados o situados en determinados espectros ideológicos. Esta «vergüenza» o incomodidad docente, como bien apuntan los estudios citados, es el verdadero fantasma que impide abordar con la honestidad y el rigor que exige la materia. La relevancia histórica del terrorismo vasco, que marcó a España durante décadas y generó un dolor incalculable, no puede ser relegada a una mención fugaz. Es imperativo que los centros educativos, y la sociedad en su conjunto, comprendan que la memoria no es un lastre, sino un pilar fundamental para la construcción de una ciudadanía crítica y responsable. Dejar que el eco de las bombas y el sufrimiento se desvanezca en la neblina de la indiferencia juvenil sería el último y más amargo triunfo de quienes tanto daño hicieron.
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