Málaga, 20 de marzo de 2026. El sistema educativo español se encuentra en una encrucijada crítica. A un lado, la solidez de métodos probados y la transmisión de valores fundamentales; al otro, la vertiginosa marea tecnológica y las mutaciones sociales que exigen una reinvención constante. Este panorama, complejo y lleno de interrogantes, fue el epicentro del segundo Gran Debate sobre la Educación en España, organizado por El diario de Málaga en Madrid. En un encuentro que reunió a voces autorizadas, se puso de manifiesto la urgencia de encontrar un equilibrio entre la preservación de lo esencial y la audaz adaptación a las nuevas realidades que configuran el futuro de nuestros jóvenes. Las universidades Europea, Camilo José Cela y Alfonso X El Sabio, junto a SM y la Xunta de Galicia, impulsaron este foro vital para desgranar los desafíos que definen la formación en la España del siglo XXI.
Olga Rodríguez Sanmartín, en su intervención inaugural, trazó un retrato conmovedor del rol insustituible de la escuela: «Los colegios son el principal motor de ascenso social porque permiten el pleno desarrollo de la personalidad humana sin importar el punto de partida». Un faro de esperanza en un mundo convulso, marcado por la polarización, las amenazas globales y una revolución tecnológica imparable. Las preguntas lanzadas resonaron con fuerza: ¿Cómo educar en medio de esta vorágine de cambios? ¿Qué valores sembrar en corazones inciertos? ¿Qué caminos formativos anticipan un futuro desdibujado? Estas cuestiones, lejos de ser meros ejercicios teóricos, desvelaron la tensión palpable entre la eficacia de las metodologías arraigadas y la imperiosa necesidad de abrazar la innovación.
El filósofo y pedagogo Gregorio Luri, a través de su conferencia magistral, invitó a una profunda reflexión sobre la verdadera esencia de lo «nuevo» en el ámbito educativo. Luri lanzó una seria advertencia sobre los peligros de la desconexión con la realidad, señalando un preocupante declive en la instrucción, especialmente en áreas tan cruciales como la lengua y las matemáticas. El fenómeno del «efecto Flynn invertido», esa tendencia a la disminución del coeficiente intelectual a pesar de una mayor escolarización, resalta una disonancia alarmante: «Los alumnos pasan más tiempo en la escuela, pero aprenden menos de lo esperado». Esta brecha entre la asistencia y la adquisición de conocimientos pone en tela de juicio la garantía de una educación de calidad a pesar de la obligatoriedad del sistema.
Las estadísticas de PISA pintan un cuadro sombrío: un 28% de los estudiantes españoles navega en los niveles más bajos de competencia, limitados en su capacidad para asimilar conceptos abstractos, mientras la excelencia se diluye. Luri es contundente al afirmar que no existe una base genética para explicar este porcentaje, sino que «Todo lo que supere el 8% o el 10% de fracaso tiene una clave pedagógica». La situación se agrava con el fenómeno de las familias que recurren al mercado privado para suplir las carencias del sistema público, planteando una pregunta demoledora: «¿Qué sentido tiene hablar de equidad si hay que pagar para conseguir lo que el sistema debería garantizar?».
La crisis de la profesión docente, una realidad global que golpea con especial virulencia en la Educación Secundaria española, se perfila como otro frente de batalla. «La docencia está dejando de ser atractiva», lamentó Luri, citando el drástico descenso en la satisfacción laboral de los profesores estadounidenses como un espejo de un malestar creciente en nuestro país. La dificultad para cubrir plazas, la pérdida de prestigio y unas condiciones poco competitivas ahuyentan el talento joven, erosionando la base misma de la calidad educativa. Incluso el otrora modelo finlandés, analizado a la luz de Andreas Schleicher, director de PISA, muestra signos de agotamiento: los estudiantes se convierten en meros consumidores y los profesores en proveedores de servicio, un vuelco preocupante que ha invertido las cifras de rendimiento.
Frente a este escenario de incertidumbre, Luri defendió la enseñanza explícita, aquella que estructura los saberes de forma clara y guiada, y reivindicó el valor intrínseco del juego y el ejercicio físico frente a una «forma de maltrato» que es la sobreprotección. La psicologización excesiva de la escuela, que prioriza el elogio por encima del conocimiento, también fue objeto de crítica. «La escuela es una institución noble, pero imperfecta. La pregunta es si nos comprometemos con su nobleza o lo hacemos con su imperfección», sentenció, subrayando la delicada alquimia entre innovación y permanencia.
El filósofo puso un énfasis particular en la «dimensión republicana de la escuela»: la construcción de una cultura común. Solo un bagaje de conocimiento compartido permite a los ciudadanos afrontar el desafío de forjar sociedades plurales que no olviden su esencia común. En un mundo donde el talento es el recurso más preciado, Luri alertó sobre el riesgo de que una élite cognitiva, al margen de la educación pública, se erija en una nueva aristocracia. Su conclusión es rotunda y visionaria: «El conocimiento es el petróleo del futuro».
El segundo Gran Debate sobre Educación, convocado por EL MUNDO, nos arroja a la cara una verdad incómoda y persistente: España se ahoga en la inercia mientras el mundo avanza a pasos agigantados. Las palabras de Gregorio Luri, que tan acertadamente apuntan a que «los alumnos pasan más tiempo en la escuela, pero aprenden menos de lo esperado«, resuenan con una fuerza demoledora. No se trata solo de un problema de recursos o de métodos innovadores, sino de una profunda desconexión entre lo que se imparte y lo que realmente se asimila. La advertencia sobre la inversión del efecto Flynn y el alarmante 28% de alumnos en niveles más bajos de competencias habla de un fracaso sistémico que trasciende la anécdota. La cuestión fundamental no es si las escuelas están abiertas, sino si realmente cumplen su promesa de ser el «principal motor de ascenso social», o si, por el contrario, se están convirtiendo en un mero trámite burocrático, dejando a las familias con la amarga disyuntiva de tener que «pagar para conseguir lo que el sistema debería garantizar», como bien señala el filósofo.
La crisis de la profesión docente, la pérdida de atractivo y prestigio de una labor tan crucial, es otro síntoma que no podemos obviar. Si los mejores no quieren o no pueden dedicarse a la enseñanza, si la «docencia está dejando de ser atractiva», ¿cómo vamos a formar a las futuras generaciones? El espejo finlandés, antaño alabado, nos devuelve ahora una imagen preocupante, un recordatorio de que los modelos no son eternos y que la complacencia puede ser el principio del fin. La llamada de Luri a «comprometerse con la nobleza de la escuela, no con su imperfección» es un llamado a la acción urgente. Debemos dejar de ser meros consumidores de debates y comenzar a diseñar políticas educativas audaces que aborden la raíz del problema, recuperando la idea de que el conocimiento es verdaderamente «el petróleo del futuro» y que su acceso equitativo es el pilar de una sociedad próspera y justa.
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