El primer aniversario de la devastadora DANA que asoló L’Horta Sud de Valencia no trae consigo la cicatrización esperada. Más allá de la reconstrucción física, aún incompleta, persiste una profunda herida emocional que ha sido capitalizada por la desconfianza y la erosión del sistema político. La tragedia, que segó la vida de 237 personas y arrasó con comunidades enteras, ha servido como catalizador de una creciente antipolítica, alimentada por la percepción de abandono y la desconexión entre la clase dirigente y la ciudadanía.
La gestión de la crisis, marcada por la ausencia de empatía y la priorización de la imagen pública, ha exacerbado la sensación de desamparo. La polémica en torno a las acciones del President Mazón durante la catástrofe, sumada a la falta de un liderazgo visible y comprometido tanto a nivel autonómico como nacional, han allanado el camino para discursos populistas y extremistas. El "sólo el pueblo salva al pueblo", resonó con fuerza en aquellos días de angustia, evidenciando un sentimiento de orfandad institucional que aún persiste.
La falta de respuestas efectivas y la lejanía percibida de los líderes políticos han creado un caldo de cultivo perfecto para el auge de Vox. Santiago Abascal, consciente de la desafección ciudadana, ha evitado cuidadosamente cualquier participación en actos oficiales relacionados con la tragedia, buscando posicionarse como la única alternativa real al bipartidismo tradicional. Su discurso, basado en la crítica al sistema y la promesa de una política más cercana a la gente, ha calado hondo en una sociedad marcada por el miedo, la incertidumbre y la desconfianza.
La DANA de 2024 no solo dejó una huella imborrable en el paisaje valenciano, sino que también sembró las semillas de una profunda crisis política. La reconstrucción material avanza, pero la reconstrucción de la confianza ciudadana se antoja mucho más compleja y requiere de un cambio profundo en la forma de hacer política. Un ejercicio de autocrítica honesto, un compromiso real con las víctimas y una gestión transparente y eficaz son elementos indispensables para recuperar la credibilidad perdida y evitar que la antipolítica siga erosionando los cimientos de la democracia. El futuro de Valencia, y quizás de España, depende de ello.
La cronificación del dolor en L’Horta Sud, un año después de la DANA, es un espejo que refleja una patología política extendida: la incapacidad de la clase dirigente para conectar con la angustia real de la ciudadanía. Más allá de las cifras de la reconstrucción y los balances de gestión, lo que emerge con fuerza es una brecha de confianza que se ensancha con cada gesto vacío, cada promesa incumplida y cada mirada que se desvía ante el sufrimiento. La politización del desastre, tristemente predecible, ha convertido la legítima demanda de justicia y reparación en combustible para un populismo que se nutre del abandono institucional.
Que Vox capitalice la desafección ciudadana no debería sorprender a nadie, pero sí interpelarnos como sociedad. La estrategia de Abascal, consistente en mantenerse al margen del ‘establishment’ y presentarse como el único baluarte frente a la inacción, es tan cínica como efectiva. Sin embargo, la verdadera responsabilidad recae en aquellos que, por acción u omisión, han permitido que el desencanto se convierta en un voto de castigo. Reconstruir Valencia no solo implica levantar edificios, sino también tejer de nuevo el tejido social, apostando por la transparencia, la empatía y, sobre todo, la rendición de cuentas. De lo contrario, la próxima catástrofe no será natural, sino política.
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