San Sebastián, 5 de febrero de 2026 – La gélida brisa de febrero que recorre las calles Prim y San Martín de San Sebastián trae consigo el peso de 30 años de dolor y resistencia. Hoy, mientras la ciudad se prepara para honrar la memoria de Fernando Múgica Herzog, su nieta, Claudia Múgica Soto, recorre con una mezcla de solemnidad y urgencia los escenarios que marcaron el trágico final de su abuelo. Nacida en 1996, Claudia no vivió aquel fatídico 6 de febrero, pero el eco de la bala que segó la vida del histórico socialista vasco resuena con una fuerza inusitada en su presente. «Regresar al País Vasco me provoca un dolor profundo», confiesa, una afirmación que encapsula la herida que el terror de ETA dejó no solo en su familia, sino en el tejido mismo de la sociedad vasca y española.
Claudia Múgica Soto no solo recuerda a su abuelo Fernando, sino también a su tío abuelo, Enrique Múgica, cuyo compromiso con la justicia y la defensa de los derechos humanos lo llevó a ocupar cargos de relevancia como Ministro de Justicia y Defensor del Pueblo. Para Claudia, ambos hermanos representan un faro de «vidas heroicas», modelos de integridad y talante frente a lo que ella describe como el «sectarismo tóxico» que, a su juicio, sigue lastrando la política española. La joven, que dedica sus esfuerzos a la difusión de la memoria histórica y la dignidad de las víctimas, lanza una advertencia desoladora: «El nivel de radicalización de los jóvenes en el País Vasco y en Navarra da pavor». Una preocupación que la impulsa a redoblar su compromiso y a buscar nuevas formas de conectar con las nuevas generaciones, a quienes busca transmitir un mensaje de unidad y rechazo a la violencia en todas sus formas.
La tarde del 6 de febrero de 1996, Fernando Múgica Herzog, abogado y figura prominente del socialismo vasco, caminaba por la calle San Martín tras salir de su despacho. En cuestión de minutos, se vio envuelto en una emboscada mortal orquestada por Francisco Javier García Gaztelu, conocido como ‘Txapote’, quien le disparó por la espalda. El relato de Claudia, aunque marcado por la ausencia, es vívido y desgarrador. «Ahora he sido consciente de que el lugar más peligroso era el cementerio donde un francotirador te podía asesinar, no respetaban ni la paz de las tumbas», denuncia, refiriéndose a la brutalidad de un acto que demostró el desprecio absoluto de ETA por la vida y la dignidad humana, incluso en los espacios sagrados. La presencia de Valentín Lasarte y José Luis Geresta, cómplices en la ejecución, subraya la premeditación y la fría determinación de la banda terrorista.
El asesinato de Fernando Múgica, ocurrido en vísperas de unas elecciones generales, fue interpretado por Claudia y su familia como una estrategia de ETA y Herri Batasuna para generar sufrimiento y caos, una táctica en la que ya asomaba la influencia de figuras como Arnaldo Otegi. La protección de Fernando Múgica, constante desde 1984 hasta su muerte, evidenciaba el peligro al que se exponía por sus convicciones, un riesgo que se materializó cuando la falta de efectivos impidió garantizar su seguridad en aquel fatídico día.
La historia de los Múgica Herzog trasciende el brutal asesinato. Claudia Múgica Soto está inmersa en la producción de un largometraje documental que pretende estrenar el próximo otoño, una obra que busca arrojar luz sobre la fascinante saga familiar que se forjó en San Sebastián a partir de los años 30. La película explorará los orígenes de su familia, marcada por la huida de la persecución nazi de su bisabuelo, Wolf Herzog, un judío de origen polaco, y su hija Paulette. Ambos encontraron refugio en San Sebastián, donde Paulette conoció a José María Múgica, un violinista republicano que tuvo que exiliarse a Francia durante la Guerra Civil. Tras su muerte, Paulette crió a sus hijos, Enrique y Fernando, en un contexto marcado por la discreción sobre sus orígenes judíos, una cautela justificada por la presencia de desfiles nazis en la ciudad y el temor a la cercanía del régimen franquista con Hitler.
Claudia Múgica Soto, asesora de Innovación y Comercio Internacional, no solo busca honrar la memoria de sus antepasados, sino también tender un puente hacia las nuevas generaciones. Con la inminente apertura de una página web identificada con los apellidos Múgica Herzog, pretende crear un espacio para que quienes deseen compartir sus vivencias y recuerdos puedan hacerlo, contribuyendo a un relato colectivo más amplio y profundo. Su objetivo es claro: «Llegar a miles de jóvenes con una apuesta audiovisual en la que refleja el heroísmo cívico de una fascinante saga familiar». Una saga que, a pesar de haber sido testigo y víctima de fanatismos que asolaron Europa en el siglo XX y XXI, desde el Holocausto hasta la violencia terrorista de ETA, sigue vibrante y presente en cada rincón de San Sebastián.
La conmovedora evocación de Claudia Múgica Soto, treinta años después del brutal asesinato de su abuelo Fernando Múgica Herzog, nos confronta con una realidad que, a pesar del paso del tiempo, sigue proyectando una sombra inquietante sobre nuestra sociedad. La valentía de Claudia al recorrer las calles que presenciaron el terror, y su empeño en ondear las «vidas heroicas» de sus abuelos Fernando y Enrique, es un faro de dignidad frente a la persistente amnesia y el «sectarismo tóxico» que aún mancilla el debate público en España. Su advertencia sobre la radicalización de la juventud en el País Vasco y Navarra no es una mera anécdota, sino un llamado de atención urgente sobre las raíces profundas de un fanatismo que parece mutar, adaptándose a los nuevos tiempos pero conservando su perniciosa esencia. La historia de los Múgica Herzog, marcada por la persecución y la resiliencia a través de múltiples fanatismos, desde el nazismo hasta el terrorismo, es un espejo implacable de las cicatrices que la intolerancia deja en el alma de las naciones.
Es en este contexto donde cobra una relevancia capital el legado de figuras como Fernando y Enrique Múgica, quienes anticiparon la naturaleza insidiosa de la violencia que se pretendía justificar en nombre de causas nobles. La visión de Claudia, que busca trascender el mero recuerdo para educar a las nuevas generaciones a través de herramientas audiovisuales y digitales, es un acto de resistencia cívica y una apuesta por la memoria activa. El desafío reside ahora en cómo hacer que estas historias, tan vitales para comprender nuestro presente, resuenen más allá de los círculos de quienes ya compartimos una profunda repulsa por la barbarie. La tarea de Claudia, al abrir una ventana a la participación de quienes deseen aportar sus vivencias, no es solo un homenaje a sus antepasados, sino una invitación a construir colectivamente un relato que desmonte los mitos y las justificaciones de la violencia, y que ponga en el centro la dignidad inherente de cada vida humana, un principio que los Múgica Herzog defendieron hasta sus últimas consecuencias.
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