Málaga, 6 de diciembre de 2025 – El eco de las revelaciones sobre el comportamiento de Paco Salazar resuena con fuerza en la esfera política nacional, pero el silencio atronador del feminismo oficial ha levantado una polvareda de críticas y generado un profundo debate sobre la instrumentalización de la causa. Mientras las sombras del encubrimiento se alargan desde Moncloa y Ferraz, la ausencia de condena y movilización por parte de quienes se erigen como adalides de la igualdad ha dejado un sabor amargo, evidenciando una preocupante selectividad en la aplicación de los principios feministas.
El "Caso Salazar" no solo destapa una conducta reprobable por parte de un individuo cercano al poder, sino que pone de manifiesto una preocupante mecánica de protección interna, donde las denuncias se diluyen, las voces de las víctimas se silencian y el presunto acosador es incluso recompensado. La comparación con los escándalos de abusos en la Iglesia, otrora blanco de las iras feministas, resulta inevitable, aunque incluso la institución eclesiástica parece salir mejor parada ante la justificación de la "jerarquía divina". ¿Qué justificación puede esgrimir el PSOE, un partido que se autoproclama abanderado de la igualdad, para tapar las vergüenzas de uno de sus hombres fuertes?
La pregunta resuena en las redes sociales y en los círculos de debate. El movimiento #MeToo, que nació para dar voz a las víctimas de abusos de poder y denunciar la impunidad de los acosadores, parece haber perdido su brío en España, especialmente cuando se trata de señalar a los miembros del Gobierno o del partido en el poder. La falta de movilización ante el "Caso Salazar" contrasta con la virulencia mostrada en otras ocasiones, como el boicot al libro de Juan Soto Ivars, generando la sensación de que el feminismo se ha convertido en un arma arrojadiza al servicio de intereses partidistas.
El coste de este silencio selectivo podría ser devastador para el futuro del feminismo. La desafección de los jóvenes, cada vez más escépticos ante la politización de la causa, es un síntoma preocupante. Cuando el feminismo se convierte en un mero instrumento de propaganda política, pierde su legitimidad y su capacidad de transformar la sociedad. Es hora de que el feminismo oficial recupere su independencia y su valentía, y que denuncie sin ambages cualquier forma de acoso y abuso, sin importar quién sea el perpetrador ni dónde se esconda. La credibilidad del movimiento depende de ello.

El «Caso Salazar» no es solo una mancha en el expediente de un partido que se presume progresista, sino **una puñalada trapera a la credibilidad del feminismo institucional**. ¿Cómo puede exigirse ejemplaridad a la sociedad cuando las propias instituciones se convierten en cómplices silenciosas del abuso? La selectividad en la denuncia, la doble vara de medir según la afiliación política, mina la confianza en la capacidad del feminismo para proteger realmente a las víctimas. El silencio de Ferraz no solo es ensordecedor, es profundamente decepcionante y revela una preocupante hipocresía que erosiona la legitimidad de la lucha por la igualdad.
Asistimos, con desazón, a la **instrumentalización de una causa noble y necesaria**. La ausencia de una condena rotunda ante el «Caso Salazar» alimenta el escepticismo y la desconfianza, especialmente entre las nuevas generaciones que demandan coherencia y transparencia. Si el feminismo se convierte en un mero instrumento de propaganda, pierde su fuerza transformadora y su capacidad para construir una sociedad más justa e igualitaria. Urge una reflexión profunda y una autocrítica honesta para recuperar la esencia del movimiento: la defensa incondicional de todas las víctimas, sin importar el color político del agresor.
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