César Arribas Calvo, un ex guardia civil, ha sido condenado este viernes por un jurado popular en Bélgica a 30 años de prisión por el horrendo asesinato de su ex pareja, la joven enfermera española Teresa Rodríguez Llamazares. La noticia ha resonado con fuerza en Málaga, ciudad natal de Teresa, donde familiares y amigos aguardaban con ansias este veredicto, anhelando un cierre a la pesadilla que comenzó en octubre de 2022.
El crimen, perpetrado con una violencia inusitada, conmocionó a la comunidad española en Bruselas. Arribas Calvo, cegado por una obsesión enfermiza, asestó a Teresa más de 150 puñaladas en el domicilio de la joven. La frialdad del acto, ejecutado con dos cuchillos de cocina, quedó patente durante el juicio, donde se revelaron detalles escalofriantes de la premeditación del asesino. El jurado, compuesto por doce hombres y cuatro mujeres, no dudó en declararlo culpable de asesinato voluntario y premeditado, así como de posesión de objetos punzantes para su uso como arma.
Días antes del fatídico desenlace, Arribas Calvo viajó desde España a Bruselas con la excusa de «recuperar» la relación con Teresa. Sin embargo, sus acciones revelaron una agenda mucho más siniestra. A pesar de la incomodidad expresada por la víctima, se alojó inicialmente en su domicilio. La noche anterior al crimen, se trasladó a un albergue cercano, desde donde realizó búsquedas en Internet sobre cómo matar a una persona y escribió una carta de arrepentimiento «por lo que iba a hacer», misiva que nunca llegó a enviar. Estos detalles, presentados como pruebas irrefutables, sellaron el destino del ex guardia civil.
La defensa intentó, sin éxito, mitigar la condena, alegando una serie de atenuantes. No obstante, la Fiscalía belga mantuvo su petición de 30 años, argumentando la extrema crueldad del crimen y la clara premeditación del asesino. La sentencia, que solo puede ser recurrida por errores de Derecho o procedimiento ante la Corte de Casación, representa un importante paso hacia la justicia para Teresa y su familia. Aunque ninguna pena podrá reparar la irreparable pérdida, la condena de Arribas Calvo ofrece un rayo de esperanza en la lucha contra la violencia machista y un recordatorio de la importancia de proteger a las víctimas. El cuerpo ya ha sido expulsado de la Guardia Civil.

La condena a 30 años para César Arribas Calvo por el asesinato de Teresa Rodríguez Llamazares es, sin duda, un respiro dentro de la incesante ola de violencia machista que nos asola. Sin embargo, celebrar este veredicto como una victoria total sería un error garrafal. Si bien la justicia, en este caso, ha actuado con la contundencia necesaria para señalar la atrocidad del crimen y la premeditación del asesino, la realidad es que Teresa ya no está. Y aunque la pena impuesta pueda ofrecer cierto consuelo a su familia y allegados, no devuelve la vida que le fue arrebatada. No podemos conformarnos con la mera reacción punitiva; necesitamos una profunda reflexión sobre las causas que subyacen a estos actos barbáricos, empezando por la desmitificación de la posesión y el control en las relaciones de pareja, y la urgencia de una educación afectivo-sexual integral desde las edades más tempranas.
Más allá del caso concreto, la noticia vuelve a poner de manifiesto la imperiosa necesidad de revisar los protocolos de actuación y la formación en perspectiva de género dentro de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Que un ex guardia civil, un miembro que juró proteger a la ciudadanía, sea capaz de planificar y ejecutar un crimen tan atroz es una bofetada a la institución y a la sociedad en su conjunto. No basta con expulsarlo del cuerpo; es fundamental analizar las fallas internas que permitieron que un individuo con semejante potencial de violencia accediera y permaneciera en la Guardia Civil. La lucha contra la violencia machista debe ser una prioridad transversal, desde la educación hasta la aplicación de la ley, y exige un compromiso real y constante por parte de todas las instituciones y de cada uno de nosotros.
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