La brisa mediterránea parece insuflar un optimismo inusitado en la economía malagueña. En un contexto internacional marcado por la incertidumbre, con aranceles que amenazan con reconfigurar los flujos comerciales y una Europa que avanza a un ritmo pausado, Málaga emerge como un faro de prosperidad en el sur de España. El último Barómetro Económico del Colegio de Economistas de Málaga, revelado hoy, dibuja un panorama alentador: la provincia prevé un crecimiento del 2,8% en 2025, superando las expectativas andaluzas y equiparándose al empuje nacional. Este dato, lejos de ser una mera cifra, representa la culminación de un esfuerzo colectivo y una estrategia económica diversificada que está dando sus frutos.
Pero no todo es un camino de rosas. Si bien el empleo se dispara, la construcción bulle con nueva vida y las exportaciones desafían las fronteras, una sombra se cierne sobre el sector turístico. El informe revela una drástica caída del turismo nacional, un desplome del 20% en viajeros hoteleros y un alarmante 41% en apartamentos turísticos. Este fenómeno, atribuido al aumento de precios que ahuyenta al consumidor local, plantea un desafío inmediato: ¿cómo revitalizar el turismo interno y asegurar la sostenibilidad del sector? La respuesta, sin duda, pasa por una revisión de la oferta turística, buscando un equilibrio entre calidad y precio que atraiga de nuevo al viajero español.
El auge de la construcción, impulsado por un incremento del 21% en la compraventa de viviendas y un aumento del 215% en la licitación pública, refleja la confianza en el futuro de la provincia. Málaga se consolida como un imán para la inversión inmobiliaria, atrayendo tanto a compradores nacionales como internacionales. Paralelamente, el sector agroalimentario sigue siendo un motor clave de la economía malagueña, con las exportaciones creciendo un 15,8%. El aceite de oliva, un embajador de la gastronomía andaluza, lidera las ventas a Estados Unidos, aunque la amenaza de los aranceles estadounidenses se cierne como una espada de Damocles.
A pesar de este panorama optimista, la economía malagueña no está exenta de desafíos. La inflación persistente, situada en el 3%, erosiona el poder adquisitivo de los ciudadanos y exige medidas para controlar los precios y proteger a los consumidores. Además, la preocupación por los nuevos aranceles estadounidenses es palpable, especialmente para los pequeños exportadores que no cuentan con la capacidad para adaptarse a estos cambios. La diversificación de mercados y el apoyo a las empresas exportadoras se antojan cruciales para mitigar el impacto de estas medidas proteccionistas.
En definitiva, Málaga se enfrenta a un futuro prometedor, pero plagado de desafíos. La clave para mantener su liderazgo económico reside en su capacidad para adaptarse a los cambios, diversificar su economía y proteger a sus ciudadanos de los embates de la economía global. El futuro, aunque incierto, se presenta con un optimismo cauteloso, un reflejo del espíritu emprendedor y la resiliencia que caracterizan a la provincia de Málaga.
El informe del Colegio de Economistas de Málaga pinta un cuadro optimista, casi idílico, de la economía provincial. Sin embargo, ese crecimiento robusto del 2,8% previsto para 2025 debe ser analizado con lupa. Celebrar el auge de la construcción y las exportaciones como pilares de la prosperidad es, en el fondo, un reconocimiento de nuestra dependencia de sectores cíclicos y vulnerables. ¿Es esta la diversificación económica que Málaga necesita para garantizar un futuro sostenible a largo plazo? La euforia por el ladrillo, alimentada en parte por la inversión extranjera, corre el riesgo de convertirse en una burbuja que, inevitablemente, estallará, dejando tras de sí un reguero de promesas rotas y un paisaje urbano desfigurado. Necesitamos una apuesta decidida por la innovación, la tecnología y el talento local, en lugar de seguir dependiendo de modelos económicos que han demostrado ser insostenibles.
La caída del turismo nacional, un desplome del 20% en viajeros hoteleros y un alarmante 41% en apartamentos turísticos, debería ser la principal señal de alarma. Atribuir este fenómeno al aumento de precios es simplificar un problema mucho más profundo. La gentrificación, la turistificación y la precarización laboral son las verdaderas causas de este éxodo del visitante nacional. Málaga se está convirtiendo en un destino exclusivo, prohibitivo para la clase media española, que antaño era el principal motor de nuestra industria turística. Revertir esta tendencia exige un cambio radical de modelo, con políticas que prioricen el acceso a la vivienda, la regulación de los alquileres turísticos y el apoyo a un turismo más responsable y sostenible. De lo contrario, corremos el riesgo de convertir Málaga en un parque temático para extranjeros, perdiendo nuestra identidad y condenando a nuestros ciudadanos a la precariedad.
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