Madrid, 13 de marzo de 2026. En un tablero político global cada vez más convulso, donde las alianzas se forjan y se deshacen con la velocidad de un tuit, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, parece haber encontrado su North Star en la figura de Donald Trump. Inspirado, según analistas políticos, en la exitosa estrategia de Mark Carney en Canadá durante las elecciones de 2025, Sánchez estaría navegando las aguas turbulentas de la política internacional no solo para defender los intereses españoles, sino también para consolidar su posición doméstica. La táctica, bautizada como el efecto «Rally around the flag» o «agitar la bandera», consiste en aglutinar al electorado en torno a un líder que encarne la nación frente a una amenaza externa percibida. En el caso canadiense, Carney logró remontar una desventaja significativa en las encuestas al confrontar las bravatas de Trump sobre una posible anexión del país norteamericano, mientras que su rival centroderechista, Pierre Poilievre, quedó «estrangulado» por esta dinámica. Ahora, Sánchez parece estar replicando este guion, buscando que Alberto Núñez Feijóo, líder del Partido Popular, se estrelle contra las mismas rocas que hundieron a Poilievre.
La lección que Sánchez parece haber extraído del caso Carney es clara: en tiempos de incertidumbre global, los problemas económicos internos, por acuciantes que sean, pueden pasar a un segundo plano frente a la defensa de la soberanía nacional. Poilievre, al centrarse en propuestas como «tala los impuestos» y «construye casas, no burocracia», slogans que resuenan con fuerza en el discurso del PP, no logró conectar con un electorado que, en aquel momento, sentía que la propia supervivencia del país estaba en juego. Carney, en cambio, se envolvió en la bandera, apelando al orgullo nacional frente a las injerencias externas. Esta estrategia de «Rally around the flag» es precisamente la que Sánchez estaría aplicando con maestría, transformando cualquier crítica proveniente de Estados Unidos, y en particular de Donald Trump, en un ataque a España y, por ende, a su presidente. Lo sorprendente, y para algunos inquietante, es la habilidad de Sánchez para convertir incluso el debate sobre su precario poder interno y sus complejas alianzas con partidos independentistas en un acto de patriotismo, donde un «No a la guerra» se podría metamorfosear en un vibrante «Que viva España» para una parte significativa del electorado.
Sin embargo, la analogía entre la estrategia de Carney y la de Sánchez no es perfecta, y las diferencias podrían ser cruciales. A diferencia de Canadá, que goza de un superávit comercial de más de 40.000 millones de dólares con Estados Unidos, España se encuentra en una situación de déficit, lo que significa que una ruptura en las relaciones comerciales afectaría primero a los estadounidenses. Esta disparidad económica podría dotar a Sánchez de un margen de maniobra distinto, especialmente si las represalias de Trump se dirigieran a los crecientes intereses de las multinacionales españolas en suelo estadounidense. Pero quizás el factor más determinante sea el blindaje que ofrece a Sánchez la Unión Europea. Mientras que Estados Unidos tiene dificultades para actuar unilateralmente contra un país específico sin afectar al resto de los socios, España, bajo el liderazgo de Sánchez, parece estar posicionándose como un actor clave dentro del bloque comunitario. Su reciente impugnación a las propuestas alemanas de competitividad, que abogan por menor regulación y una transición verde menos ambiciosa, demuestra una voluntad de marcar un rumbo propio, incluso frente a potencias como Alemania, y que parece haber incomodado profundamente a figuras como Friedrich Merz, quien, según informaciones recientes, intentó disculparse con el presidente español tras un desliz público. La derrota electoral del partido de Merz en Baden-Württemberg, un bastión tradicional, podría interpretarse como un reflejo de las complejas dinámicas políticas que se están gestando a nivel continental, con España, bajo la batuta de Sánchez, buscando un protagonismo sin precedentes.
La estrategia de Pedro Sánchez de emular el «rally around the flag» de Mark Carney, magnificada por su confrontación con Donald Trump, revela una audaz jugada política que, si bien puede ser efectiva a corto plazo, deja traslucir un preocupante vaciamiento del debate público. Al enmarcar la contienda electoral no en propuestas programáticas, sino en un supuesto enfrentamiento existencial contra una amenaza exterior, el presidente del Gobierno busca cohesionar un electorado emocionalmente, eclipsando así las profundas divisiones internas y las carencias de gestión que también deberían ser objeto de escrutinio. La habilidad para convertir cualquier crítica en un acto de deslealtad nacional es, sin duda, una muestra de su maestría comunicativa, pero esta técnica, de ser continuada, corre el riesgo de erosionar la calidad de nuestra democracia, relegando a un segundo plano las cuestiones fundamentales que afectan directamente la vida de los ciudadanos.
Más allá de la brillantez táctica de Sánchez, es fundamental reflexionar sobre las implicaciones a largo plazo de este tipo de confrontación. Si bien la comparación con Canadá resalta el poder movilizador de la defensa de la soberanía ante presiones externas, las diferencias estructurales entre ambos países, especialmente en el plano económico y en el peso relativo de la influencia estadounidense, sugieren que esta estrategia podría ser, en el caso español, un arma de doble filo. La dependencia de la protección europea, o la percepción de que las repercusiones de un conflicto directo con EE.UU. afectarían más a sus socios que a España, podrían generar una complacencia peligrosa. En última instancia, este tipo de «estrategias de bandera» corren el riesgo de banalizar la política, transformándola en un espectáculo donde las ideas se diluyen ante la fuerza de los símbolos, dejando a la ciudadanía sin el debate profundo y necesario para construir un futuro verdaderamente sólido y consensuado.
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