Málaga, 3 de febrero de 2026.
Una década después, el complejo entramado de la «Operación Venezuela» liderada por el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero comienza a desvelar sus secretos más esquivos. La irrupción de la sociedad Análisis Relevante, vinculada a su amigo Julio Martínez, que a su vez facturó por servicios de asesoría a la misma entidad, arroja una luz inesperada sobre episodios hasta ahora envueltos en la opacidad. El minucioso cruce de fechas y acontecimientos, tanto los conocidos como los recién revelados, permite trazar un patrón preocupante: Zapatero habría iniciado sus lucrativas «asesorías globales» para Análisis Relevante en un momento crucial, justo después de un giro en la política exterior española hacia Venezuela y, de manera sorprendente, coincidiendo con el periodo de aparente reconciliación entre el propio Zapatero y el actual presidente, Pedro Sánchez. Esta retrospectiva no solo nos obliga a reevaluar el papel del expresidente, sino que también subraya la persistencia de los argumentos del chavismo y la centralidad de figuras clave de aquel régimen en el complejo escenario actual, marcado por la detención de Nicolás Maduro.
La génesis de esta influencia se remonta a un encuentro inicial entre José Luis Rodríguez Zapatero, quien ejercía como observador en unas elecciones parlamentarias, y Delcy Rodríguez, en su rol de canciller de Nicolás Maduro. Lo que comenzó como una interacción protocolaria pronto se transformó en un evidente «flechazo político» entre los hermanos Rodríguez y el exmandatario español. En particular, Jorge Rodríguez, quien ha sido el negociador jefe de Maduro a lo largo de estos años, consolidó una relación estrecha con Zapatero, convirtiéndose este último en su principal interlocutor en Venezuela. En aquel contexto, el chavismo intentó involucrar activamente a Zapatero en la Comisión de la Verdad, Justicia y Reparación de las Víctimas, una iniciativa bolivariana diseñada para contrarrestar el impacto nacional e internacional de la Ley de Amnistía impulsada por la oposición mayoritaria en el Parlamento. Sorprendentemente, una década después, los argumentos y estrategias esgrimidos por el chavismo guardan un notable parecido con los de aquel entonces.
Las gestiones de Zapatero en Venezuela no estuvieron exentas de controversia y disidencia interna. Figuras prominentes del socialismo español, como Felipe González, desautorizaron públicamente las iniciativas diplomáticas que el expresidente llevaba a cabo en el país caribeño, marcando una clara división interna sobre la estrategia a seguir. Paralelamente, el expresidente se vio envuelto en su primer gran escándalo económico relacionado con Venezuela. Rafael Ramírez, el influyente zar del petróleo durante las administraciones de Chávez y Maduro, acusó desde el exilio a Zapatero de «representar a unos españoles de apellido Cortina», quienes habrían obtenido un contrato para un proyecto en la Faja Petrolera. El dirigente chavista señalaba a Alfonso Cortina y a su empresa, Inversiones Petroleras Iberoamericanas, a la que se le concedió en 2017 la explotación de un bloque en la Faja del Orinoco, según investigaciones parlamentarias venezolanas. Si bien desde Inversiones Petroleras Iberoamericanas se defendió que se retiraron del proyecto por dudas legales y sin el concurso del expresidente, el caso destapó otras irregularidades. Por aquel entonces, este medio ya había revelado que Zapatero utilizaba aviones Falcon, propiedad de la estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA), en sus traslados a Caracas y desde allí, a menudo con destino a República Dominicana. Varios de estos aparatos se encontraban sancionados por Estados Unidos, lo que añadía una capa de complejidad a sus viajes.
En medio de este tablero político, se produjo un acontecimiento que reconfiguró las dinámicas: Juan Guaidó, tras ser elegido presidente de la Asamblea Nacional, se autoproclamó presidente encargado de Venezuela, recibiendo el respaldo inmediato de la primera administración de Donald Trump. La activa agenda internacional de Guaidó condujo a un creciente aislamiento del chavismo. Fue en este escenario cuando surgió Interbanex, una plataforma cambiaria privada autorizada por el Banco Central de Venezuela, cuya creación se vio facilitada por la mediación de Zapatero, a pesar del férreo control de cambio vigente desde 2003. El expresidente actuó como nexo entre el gobierno venezolano y los promotores de Interbanex, permitiendo la activación de la plataforma en un contexto de aguda escasez de divisas. Entre los socios españoles se encontraba Manuel Fajardo, hijo del senador socialista canario Francisco Manuel Fajardo Palarea, un estrecho colaborador político del expresidente del PSOE. Zapatero llegaba a presentar a Fajardo como su «sobrino» a diplomáticos españoles en Caracas. La plataforma, sin embargo, colapsó apenas cinco meses después, dejando tras de sí un rastro de preguntas y con uno de sus socios venezolanos actualmente encarcelado en Fuerte Tiuna.
La postura de Pedro Sánchez ante estas maniobras no fue uniforme a lo largo del tiempo. En un discurso pronunciado en el Congreso de la Internacional Socialista en Santo Domingo, República Dominicana, Sánchez endureció su discurso, alineándose con Felipe González y distanciándose de la línea política abierta por Zapatero. «Quien contrapone socialismo y libertad, quien responde con balas y con prisiones a las ansias de libertad y de democracia no es un socialista, es un tirano», sentenció Sánchez, añadiendo que «los venezolanos tienen que sentir hoy el aliento de la Internacional Socialista». Estas palabras, pronunciadas en un momento de clara divergencia con Zapatero, adquirieren una nueva dimensión a la luz de las revelaciones actuales sobre las operaciones del expresidente en Venezuela.
La noticia que arroja luz sobre la intrincada «operación Venezuela» de José Luis Rodríguez Zapatero, una década después, nos obliga a una reflexión profunda sobre las responsabilidades y las líneas rojas en la política exterior. La aparición de «Análisis Relevante» y su conexión con Julio Martínez, amigo del expresidente, desvela una red de asesorías que, a la luz de los acontecimientos, parecen haber operado en un terreno pantanoso. Que estas gestiones se solapen temporalmente con un giro en la política española hacia Venezuela y la aparente reconciliación de Zapatero con Pedro Sánchez, no es una mera casualidad, sino un indicio de posibles influencias y maniobras de intereses cruzados. Resulta perturbador observar cómo argumentos reiterados del chavismo encuentran eco en estas operaciones, mientras figuras clave del régimen, aún hoy protagonistas, parecen haber tejido una compleja telaraña en la que la diplomacia oficial y la discrecionalidad de las «asesorías globales» se difuminan peligrosamente.
Es innegable la ambigüedad ética y política que se desprende de esta revelación. La mediación de Zapatero en iniciativas como la plataforma cambiaria Interbanex, en un país bajo férreo control de cambio, o la utilización de aviones de PDVSA, plantea serias interrogantes sobre la idoneidad de sus actuaciones y la transparencia de sus motivaciones. Que uno de los socios de Interbanex fuera presentado como su «sobrino» a diplomáticos españoles añade una capa de nepotismo y posible tráfico de influencias que no puede ser ignorada. Mientras tanto, el distanciamiento público de Felipe González y las duras palabras de Pedro Sánchez en aquel entonces, subrayan la fractura de criterio y la profunda controversia que ya generaba la postura de Zapatero. Una década después, es imperativo que la luz se proyecte plenamente sobre estos episodios, exigiendo responsabilidad y claridad para evitar que la opacidad se convierta en un precedente peligroso en la forma en que se ejercen las relaciones internacionales desde España.
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