El País Vasco se ha convertido en escenario de una escalada de tensión tras la campaña iniciada por las juventudes de la izquierda ‘abertzale’, Ernai, contra lo que consideran «españolismo». La elección de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, como blanco principal de esta campaña ha encendido los ánimos y generado una ola de reacciones políticas.
La ofensiva de Ernai, que se ha manifestado a través de actos vandálicos y propaganda, ha incluido el sabotaje de la sede del Partido Popular en Bilbao, el robo de una bandera española de un edificio oficial y la realización de pintadas en una antigua aduana en la frontera con Francia. La utilización de imágenes y declaraciones de Ayuso en un video reivindicativo del ataque a la sede del PP, donde se la acusa de negar la plurinacionalidad de España y la validez de las lenguas cooficiales, ha exacerbado la polémica. Según Ernai, Ayuso y el PP «quieren hacer desaparecer nuestro país» y «vulneran los derechos de nuestro pueblo».
La respuesta no se ha hecho esperar. Amaya Fernández, presidenta del PP de Vizcaya, ha condenado enérgicamente las acciones de Ernai, afirmando que «ni radicales ni niñatos nos van a dar lecciones de cómo ser buenos vascos». Fernández defendió la trayectoria del partido en la lucha por la libertad y la democracia.
Paralelamente a las acciones reivindicadas por Ernai, se han producido actos vandálicos contra la memoria de las víctimas de ETA en Durango. Desconocidos han destrozado tres de las nueve placas conmemorativas instaladas recientemente en honor a las víctimas, incluyendo las placas dedicadas al concejal del PP Jesús Mari Pedrosa y al policía municipal Pedro Ruiz Rodríguez. Las pintadas de «Gora ETA» sobre las placas han generado una profunda indignación y consternación en la sociedad vasca.
Carlos García, portavoz del PP de Durango, ha anunciado la presentación de una denuncia ante la Ertzaintza por delitos de odio y daños contra los autores de estos actos. El Ayuntamiento de Durango ya ha ordenado la limpieza de las pintadas, pero el daño emocional y simbólico causado por estos actos es innegable. La situación actual en el País Vasco refleja una creciente polarización y una preocupante tendencia a la instrumentalización política del pasado.

La crispación política, lamentablemente, se alimenta de extremos y simplificaciones. Que una organización juvenil como Ernai señale a Isabel Díaz Ayuso como encarnación del «españolismo» y, en nombre de esa simplificación, justifique actos vandálicos, es un síntoma preocupante de la falta de entendimiento que aún persiste. **Es imprescindible que la izquierda abertzale condene sin ambages este tipo de acciones y reoriente su discurso hacia la construcción de puentes en lugar de la radicalización de posiciones**. La defensa de la identidad vasca no puede ni debe pasar por el ataque a símbolos o personas, ni por la estigmatización de quienes, legítimamente, defienden otras ideas sobre la organización territorial de España.
Más allá de la condena puntual de estos actos, la sociedad vasca, y por extensión la española, debe reflexionar sobre el legado de la violencia y cómo éste sigue siendo instrumentalizado para fines políticos. La profanación de las placas conmemorativas de las víctimas de ETA en Durango es un acto repugnante que demuestra la persistencia de un fanatismo que creíamos superado. **Es crucial que la memoria de las víctimas no se convierta en un campo de batalla ideológico, sino en un recordatorio constante de la barbarie que nunca debe repetirse**. El silencio, o la tibia condena, de ciertos sectores ante estos actos es igualmente reprobable y contribuye a perpetuar un clima de crispación que dificulta la convivencia.
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