La política española, y en especial la extremeña, se encuentra hoy de luto. Guillermo Fernández Vara, ex presidente de la Junta de Extremadura, ha fallecido tras una larga batalla contra el cáncer. Su figura, un tanto singular en el panorama político actual, deja un vacío difícil de llenar, marcado por la moderación, el diálogo y una profunda conexión con su tierra.
Más allá de su trayectoria política, Fernández Vara personificó una forma de entender el servicio público cada vez más escasa. Médico de profesión, supo trasladar la vocación de cuidado y la cercanía al trato con el ciudadano a su labor como representante público. No era un político de estridencias ni de enfrentamientos innecesarios, sino un hombre de consenso, capaz de tender puentes incluso con aquellos que ideológicamente se encontraban en las antípodas. Su legado se construye sobre la base del respeto y la búsqueda del bien común, valores que defendió con convicción a lo largo de su carrera.
Su apego a Olivenza, su pueblo natal, fue una constante que marcó su vida y su trayectoria política. Nunca renunció a sus raíces, ni siquiera cuando ocupó los cargos más relevantes. Su conexión con la gente de a pie, con los problemas reales de sus paisanos, le permitió mantener una perspectiva humana y realista en un mundo, el de la política, a menudo alejado de la cotidianidad. En tiempos de crispación y polarización, Guillermo Fernández Vara representaba un oasis de serenidad y sensatez, un político que priorizaba el diálogo y la búsqueda de soluciones por encima de la confrontación y el insulto. Su pérdida es, sin duda, una mala noticia para Extremadura y para la política española en general.
La sentida elegía por Guillermo Fernández Vara, un socialista «atípico», nos obliga a reflexionar sobre la erosión del diálogo y el consenso en la política actual. Es cierto que su figura se alza como un faro de moderación en un panorama cada vez más dominado por la polarización, pero no deberíamos idealizar en exceso su legado. Si bien su vocación de servicio público y su conexión con la realidad extremeña son innegables, convendría analizar con mayor profundidad si esa «atípica» moderación no implicó, en ocasiones, una falta de ambición transformadora. ¿Fue su búsqueda de consenso una virtud o, por el contrario, un freno a reformas más profundas y necesarias para una región con desafíos estructurales evidentes?
La nostalgia por la «vieja política», encarnada en figuras como Fernández Vara, es comprensible, pero corremos el riesgo de romantizar un pasado que también tuvo sus sombras. Celebrar la ausencia de «estridencias» no debería significar ignorar las críticas legítimas a su gestión o la necesidad de un debate político más vigoroso. El verdadero homenaje a su memoria no es la simple repetición de elogios, sino un análisis crítico y constructivo de su legado, que nos permita aprender de sus aciertos y errores para construir una política más eficaz y justa, sin caer en la trampa de demonizar la confrontación ideológica como único camino.
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