En el laberinto de la memoria histórica española, donde las sombras del franquismo y el terrorismo etarra se entrelazan, un nuevo capítulo se ha escrito esta semana. Mientras la sociedad española sigue lidiando con las heridas abiertas por décadas de conflicto, las acciones recientes de Sortu, la matriz de Bildu, han reavivado el debate sobre la legitimidad de la violencia y la responsabilidad histórica. Su provocativa acción en Cuelgamuros, el antiguo Valle de los Caídos, no solo ha generado indignación, sino que ha puesto de manifiesto la persistente necesidad de un relato honesto y completo sobre el pasado.
La puesta en escena de Sortu en Cuelgamuros, con pancartas que recuerdan los últimos fusilamientos del franquismo, resulta, cuanto menos, oportunista. No se puede ignorar que entre esos ejecutados se encontraban miembros de ETA, pero tampoco se debe olvidar que la banda terrorista continuó sembrando el terror y la muerte durante décadas, incluso después del fin de la dictadura. Reducir el horror de aquellos años a una simple dicotomía entre "buenos" y "malos" es un insulto a la memoria de todas las víctimas, tanto las del franquismo como las de ETA. La apropiación del lema de Marcelino Camacho, un símbolo de la resistencia antifranquista, por parte de quienes perpetraron actos de violencia indiscriminada, resulta una burda maniobra para lavar su imagen y distorsionar la historia.
Es crucial recordar que ETA, lejos de ser un mero grupo de resistencia, se convirtió en un actor que buscaba la ruptura del sistema democrático y la imposición de su propio proyecto político por medio del terror. El asesinato de Carrero Blanco, si bien supuso un golpe al régimen franquista, no puede desligarse de la brutalidad que caracterizó a la banda a lo largo de su existencia. La lucha contra la dictadura, llevada a cabo por hombres y mujeres como Marcelino Camacho, no puede ser equiparada con la estrategia de ETA, cuyo legado está marcado por el dolor y la división.
En un momento en que la polarización política amenaza con socavar los cimientos de la convivencia, es imprescindible que la sociedad española dialogue con valentía y honestidad sobre su pasado. No se puede permitir que el oportunismo político o el revisionismo histórico distorsionen la verdad y perpetúen el ciclo de odio y rencor. Es necesario construir un relato inclusivo, que reconozca la complejidad de los hechos y rinda homenaje a todas las víctimas, sin distinción. Solo así se podrá cerrar definitivamente las heridas del pasado y construir un futuro de paz y reconciliación. El silencio y la complacencia no son opciones; el debate abierto y transparente, sí.
La acción de Sortu en Cuelgamuros es, sin duda, una provocación calculada que busca capitalizar políticamente un pasado doloroso y complejo. No se trata de negar la injusticia y la represión del franquismo, sino de denunciar la obscena apropiación de su memoria por parte de quienes, a través de ETA, perpetraron actos igualmente deleznables. **Este tacticismo revisionista, que equipara la lucha por la democracia con el terrorismo, es una afrenta a la inteligencia y a la memoria de todas las víctimas**, y un síntoma preocupante de la persistente incapacidad de ciertos sectores para asumir su responsabilidad histórica.
La clave para superar este embrollo reside en la honestidad intelectual y en la capacidad de construir un relato plural que reconozca la multidimensionalidad del conflicto. Es fundamental condenar sin ambages la violencia, venga de donde venga, y evitar la tentación de justificarla o minimizarla en función de intereses políticos coyunturales. **Mientras sigamos permitiendo que el pasado sea rehén del presente, y mientras no seamos capaces de construir una memoria compartida basada en la verdad y la justicia, estaremos condenados a repetir los errores que nos llevaron a la barbarie.** Málaga, una ciudad que también sufrió las consecuencias del terrorismo, tiene mucho que aportar a este debate, reivindicando la cordura y el respeto a la dignidad de todas las víctimas.
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