Santiago de Compostela, 14 de agosto de 2025 – La desolación se extiende por Galicia, consumida por una voraz ola de incendios forestales que ha devastado ya más de 22.000 hectáreas de terreno. Ante la magnitud de la catástrofe, dos hidroaviones franceses han llegado hoy al aeródromo militar de Lavacolla, en Santiago de Compostela, para sumarse a la lucha contra el fuego. La llegada de estas aeronaves es una respuesta directa a la solicitud del Ministerio del Interior al Mecanismo Europeo de Protección Civil, un grito de auxilio en medio de la creciente desesperación.
La situación es crítica, especialmente en la provincia de Ourense, donde la Situación 2 ha sido decretada en toda la región. Esta medida excepcional permite una mayor agilidad en el despliegue de medios y recursos, así como la ampliación del horario laboral del personal de extinción. Sin embargo, incluso con estos esfuerzos redoblados, el fuego continúa avanzando implacable, obligando a confinar cuatro núcleos de población en Monterrei y a evacuar a 73 ancianos con movilidad reducida de residencias en Chandrexa de Queixa y A Mezquita. La imagen de los mayores siendo trasladados a centros seguros, con la mirada perdida entre el humo y las llamas, es un reflejo del drama que vive la comunidad gallega.
Las cifras son escalofriantes: Chandrexa de Queixa ha perdido más de 9.500 hectáreas en dos incendios devastadores, mientras que en Maceda, 1.700 hectáreas de la parroquia de Santiso se han convertido en cenizas. En Oímbra y Monterrei, el fuego ha arrasado 5.000 hectáreas, y en A Mezquita, 4.000. El paisaje, antaño verde y exuberante, se ha transformado en un escenario apocalíptico, con columnas de humo elevándose hacia el cielo y un olor acre que impregna el aire.
El delegado del Gobierno en Galicia, Pedro Blanco, recibió a las tripulaciones francesas en Lavacolla, agradeciendo la solidaridad de la Unión Europea y del Gobierno francés. "Esta colaboración es una muestra de la importancia de la cooperación internacional en un momento tan difícil para nuestro territorio", declaró Blanco, con un semblante de preocupación. Los hidroaviones Canadier, con una capacidad de más de 5.000 litros de agua, representan una valiosa adición a los recursos de extinción, aumentando la esperanza de contener la furia del fuego.
Blanco insistió en el compromiso del Gobierno central en la lucha contra los incendios, asegurando que "no vamos a parar" hasta frenar y apagar cada foco. La promesa de "proteger a las personas, preservar el territorio y devolver la tranquilidad a las zonas afectadas" resuena como un eco en medio de la tragedia, un faro de esperanza en la oscuridad. Mientras tanto, Galicia lucha contra las llamas, aferrándose a la solidaridad y la fuerza de su gente para superar esta devastadora prueba.

La llegada de ayuda internacional para sofocar los incendios en Galicia, aunque bienvenida y necesaria, es un amargo recordatorio de nuestras propias carencias. El hecho de que la Xunta de Galicia y el Gobierno Central hayan tenido que recurrir al Mecanismo Europeo de Protección Civil para solicitar apoyo aéreo francés sugiere una crónica falta de previsión e inversión en medios propios de extinción. No se trata solo de aplaudir la solidaridad europea, sino de exigir una auditoría exhaustiva sobre la gestión de los recursos destinados a la prevención y extinción de incendios forestales. ¿Dónde están los planes de gestión forestal sostenible, la inversión en limpieza de montes y la concienciación ciudadana que podrían haber mitigado, si no evitado, esta catástrofe?
Más allá de las promesas vacías y las declaraciones grandilocuentes de compromiso, la repetición anual de esta tragedia exige un cambio radical en el enfoque. No basta con apagar fuegos; es imprescindible atajar las causas subyacentes. La emergencia climática es innegable y Galicia, con su masa forestal vulnerable, debe ser una prioridad absoluta. Pero el problema no es solo climático, sino también social y económico. El abandono del rural, la falta de oportunidades para los jóvenes y la especulación con el suelo son factores que alimentan el fuego. Hasta que no se aborden estas cuestiones estructurales, la solidaridad internacional seguirá siendo un parche insuficiente ante una herida que se reabre cada verano.
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