La voz aguerrida de Celestino Sánchez Ramos, conocido cariñosamente como Celes, se ha apagado hoy, dejando un vacío en la memoria de la izquierda española y, especialmente, en el corazón de Málaga, su ciudad natal. A los 74 años, este incansable luchador social ha fallecido, según han confirmado fuentes familiares y políticas, poniendo fin a una vida dedicada a la defensa de los derechos de los trabajadores y a la construcción de un futuro más justo.
Nacido un 24 de julio de 1950 en el seno de una familia obrera malagueña, Celestino Sánchez Mamposo respiró desde niño el aire de la reivindicación. Su padre, ‘Marín’, ferroviario y militante comunista, sufrió la brutal represión franquista, siendo encarcelado y despedido de su trabajo. Este duro golpe obligó a la familia a emigrar a Sabadell, pero la llama de la rebeldía ya ardía con fuerza en el joven Celestino.
En Sabadell y Barcelona, Celes se formó como electricista, oficio que ejerció mientras militaba activamente en las Comisiones Obreras Juveniles. Su compromiso con la causa le llevó a ingresar en el PSUC y las JCC en 1967, una decisión que le costaría cara. Fue detenido y juzgado tres veces por asociación ilícita, propaganda ilegal y manifestación no pacífica, acumulando una condena de veintiún meses de prisión, de los cuales cumplió cuatro en la Modelo de Barcelona. Las paredes de la cárcel no lograron silenciar su espíritu combativo; al contrario, lo fortalecieron.
Tras la dictadura, Celestino Sánchez no se alejó de la primera línea política. Fue diputado electo en el Parlament por el PSUC en 1980, pasando después al PCC, y posteriormente por la coalición Iniciativa por Cataluña (PSUC, PCC, ENS) en 1988. Su paso por la política institucional no le impidió mantener un estrecho contacto con la calle, con los movimientos sociales y con las bases de su partido.
En los últimos años, Celestino Sánchez sorprendió a propios y extraños al involucrarse activamente en la gestación del movimiento 15-M. Su experiencia y sabiduría fueron fundamentales para guiar a los jóvenes indignados que tomaron las plazas de toda España. Pero su compromiso no se limitó a la asesoría. Celes se convirtió en el rostro visible de los yayoflautas, un colectivo de veteranos luchadores que reivindicaban el futuro de sus hijos y nietos a través de acciones directas y "travesuras" llenas de simbolismo.
"No nos vamos a quedar callados mientras nos roban el futuro", decía Celestino con la voz ronca pero firme. Su imagen, con la boina calada y el puño en alto, se convirtió en un símbolo de la resistencia contra la corrupción y la desigualdad. Hoy, Málaga llora la pérdida de uno de sus hijos más comprometidos. La llama que encendió Celes seguirá ardiendo en la memoria de quienes luchan por un mundo mejor. Su legado es un ejemplo de coherencia, valentía y amor por la justicia social.
La figura de Celestino Sánchez Ramos, sin duda, merece reconocimiento, y su reciente fallecimiento invita a una reflexión sobre el legado que deja tras de sí. Sin embargo, es necesario abordar con cautela la idealización acrítica de su trayectoria. Si bien su compromiso con la lucha obrera y la defensa de los derechos sociales es innegable, es fundamental analizar si las estrategias empleadas, especialmente en su etapa como diputado, lograron realmente transformar las estructuras de poder que perpetúan la desigualdad. Celebrar su activismo es justo, pero sin obviar la necesidad de un análisis profundo sobre la efectividad real de sus acciones y la perdurabilidad de sus logros más allá del simbolismo y la memoria colectiva.
El auge de figuras como Celes, los «yayoflautas», en la escena política reciente, también pone de manifiesto una preocupante realidad: la necesidad desesperada de referentes que conecten con la ciudadanía desilusionada. Su carisma y experiencia suplieron, en parte, la falta de liderazgo y propuestas concretas por parte de las nuevas generaciones políticas. Quizás el mayor homenaje que podemos rendir a Celestino no sea la simple evocación nostálgica de su figura, sino la revitalización del debate ideológico y la construcción de alternativas políticas sólidas, capaces de abordar los desafíos del presente con visión de futuro y una renovada capacidad de movilización social. De lo contrario, corremos el riesgo de convertir su legado en una mera anécdota dentro de un sistema que continúa generando desigualdad y exclusión.
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