En el marco del Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos, una noticia esperanzadora emerge desde Andalucía. La colaboración entre Makro y Fazla Spain, iniciada en abril de 2024, ha arrojado resultados palpables: 265 toneladas de alimentos rescatados del desperdicio en la región. Esta cifra, más que un mero número, representa un alivio significativo para el medio ambiente, traduciéndose en la conservación de 477 millones de litros de agua y una notable reducción de la huella de carbono, equivalente a la supresión de las emisiones generadas por 720 vuelos transatlánticos entre Madrid y Nueva York.
Pero la iniciativa va más allá de la mera sostenibilidad. El rescate de estos alimentos, aún en perfecto estado para el consumo, ha permitido alimentar la esperanza de miles de andaluces. A través de la colaboración con cuatro entidades sociales locales, se han distribuido 779.000 raciones de comida entre familias en situación de vulnerabilidad. Una red de solidaridad tejida con el hilo del compromiso social y la conciencia ambiental.
Makro, consciente de su rol como líder en la distribución mayorista al sector de la hostelería, se ha propuesto un ambicioso objetivo: alcanzar el desperdicio cero en todos sus centros y plataformas logísticas. La implementación de un modelo de recuperación y donación en sus 37 centros a nivel nacional ya beneficia a más de 6.600 personas diariamente. La empresa aspira a liderar una transición hacia una hostelería más sostenible, donde la eficiencia operativa y el impacto social converjan en un modelo de negocio responsable.
La recogida de alimentos en los centros andaluces de Córdoba, Málaga, Alcalá de Guadaira, Bormujos, Pulianas y El Puerto de Santa María, y su posterior distribución a través de organizaciones sociales, ejemplifica un modelo de economía circular en acción. Juan Peñas, cofundador de Fazla Spain, destaca el privilegio de colaborar con Makro, subrayando cómo la tecnología permite medir y optimizar los objetivos sociales y ambientales.
En un contexto global donde la ONU estima que el 19% de los alimentos disponibles para los consumidores se desperdicia, la iniciativa de Makro y Fazla en Andalucía se erige como un ejemplo a seguir. Una apuesta por la eficiencia y la responsabilidad, alineada con la futura Ley de Prevención de Pérdidas y Desperdicio Alimentario y con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Un paso firme hacia un futuro donde la comida alimenta a las personas, no a los vertederos.
Aplaudir iniciativas como la de Makro y Fazla es, sin duda, necesario, pero no suficiente. La grandilocuencia de las cifras – toneladas de alimentos, litros de agua ahorrados, raciones distribuidas – no debe ocultar la persistencia de un problema sistémico: el despilfarro alimentario es un síntoma, no la enfermedad. Mientras sigamos produciendo y distribuyendo alimentos a un ritmo insostenible, donde la lógica del beneficio prima sobre la necesidad real, estaremos simplemente parcheando una herida profunda. ¿Dónde queda la responsabilidad del consumidor, cuyo comportamiento, a menudo impulsado por ofertas y promociones irreflexivas, alimenta la cadena del desperdicio? La verdadera sostenibilidad requiere una transformación radical de nuestros hábitos y una revisión de las políticas que incentivan la sobreproducción y el consumo desmedido.
Más allá del loable esfuerzo de Makro y Fazla, urge una mayor transparencia en la cadena de suministro y una legislación más contundente que penalice el desperdicio alimentario en todas sus etapas. Celebrar la donación de alimentos no puede ser una excusa para relajar la presión sobre las empresas y los gobiernos. ¿Cuántas empresas se suman a iniciativas similares? ¿Qué incentivos fiscales existen para fomentar la donación de alimentos en lugar de su desecho? ¿Qué medidas se están implementando para educar a los consumidores y reducir el desperdicio en los hogares? Sin respuestas concretas a estas preguntas, el modelo de Makro y Fazla, por encomiable que sea, corre el riesgo de convertirse en un oasis en un desierto de ineficiencia y falta de compromiso real con la sostenibilidad alimentaria.
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