Manilva se ha visto sacudida por un incidente que ha puesto en tela de juicio la seguridad vial en las calles del municipio. Un niño de tan solo 5 años ha resultado herido tras ser arrollado por un patinete eléctrico conducido, presuntamente, por un menor que se dio a la fuga, dejando tras de sí una estela de conmoción y preguntas sin resolver. El suceso, ocurrido el martes pasado, ha reabierto el debate sobre la regulación de estos vehículos y la necesidad de una mayor concienciación sobre su uso responsable.
El reloj marcaba las cuatro de la tarde cuando el pequeño, acompañado de su abuela Sonia, se disponía a subir al coche familiar en la calle Utopía, cerca de la Jefatura de la Policía Local. Lo que debía ser un traslado rutinario a la escuela de música se convirtió en una pesadilla en cuestión de segundos. Según el testimonio de la abuela, un patinete eléctrico irrumpió en la escena a una velocidad «impresionante», embistiendo al niño sin darle tiempo a reaccionar. El impacto, brutal, lanzó al menor al suelo, provocándole contusiones, hematomas y abrasiones que requirieron su traslado urgente al hospital de Estepona.
La indignación se ha apoderado de los vecinos de Manilva, no solo por la gravedad de las heridas del niño, sino también por la actitud del conductor del patinete, que huyó del lugar sin prestar auxilio. Un joven que pasaba por la zona logró interceptarlo momentáneamente, pero el conductor, tras recuperar el patinete dañado, se escabulló sin dar explicaciones. «Le dije: no te vayas, que viene la Policía», relata Sonia, aún consternada por lo sucedido. La Policía Local, que ya tenía conocimiento de la conducción temeraria de un adolescente en patinete en otras zonas del municipio, ha abierto una investigación para esclarecer los hechos y determinar las responsabilidades pertinentes. Según fuentes municipales, el presunto responsable ha sido localizado, aunque no han trascendido las medidas adoptadas contra él.
La familia del niño, que aún se recupera del susto, tiene previsto presentar hoy una denuncia formal ante la Policía Local, aportando el parte médico del menor. «Fue un día muy duro. Mi niño lloraba mucho», lamenta la abuela, cuyo testimonio pone de manifiesto la peligrosidad de la calle Utopía, una vía empinada donde la velocidad de los patinetes puede alcanzar niveles alarmantes. Este incidente sirve como un crudo recordatorio de la necesidad de extremar la precaución y de regular el uso de los patinetes eléctricos, especialmente en zonas urbanas con alta densidad de peatones. La seguridad de los más vulnerables, como los niños, debe ser una prioridad.
El incidente de Manilva no es un caso aislado, sino un síntoma preocupante de la laxitud con la que hemos abordado la proliferación de los patinetes eléctricos en nuestras ciudades. No basta con normativas a medias y campañas de concienciación esporádicas; necesitamos una regulación integral que abarque desde la edad mínima para su uso hasta la obligatoriedad de un seguro de responsabilidad civil. La pasividad de las administraciones locales, a menudo reacias a imponer restricciones por temor a la impopularidad, está teniendo consecuencias devastadoras. Permitir que vehículos capaces de alcanzar velocidades peligrosas circulen libremente por aceras y zonas peatonales es una negligencia que pone en riesgo la integridad física de nuestros ciudadanos más vulnerables, especialmente niños y ancianos.
Más allá de la necesaria regulación, este suceso revela una alarmante falta de civismo y empatía por parte de algunos usuarios de patinetes. La fuga del conductor tras arrollar al niño es un acto cobarde e irresponsable que merece el máximo reproche social y las consecuencias legales pertinentes. Es fundamental fomentar una cultura de respeto y responsabilidad en el uso de estos vehículos, inculcando valores como la precaución, la cortesía y la solidaridad. No podemos permitir que la comodidad y la rapidez individual se impongan al derecho fundamental de todos a transitar por las calles con seguridad y tranquilidad. La búsqueda del culpable es primordial, pero también lo es la reflexión colectiva sobre cómo queremos que sea la convivencia en nuestras ciudades.
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