Málaga, 29 de marzo de 2026 – La historia de Benji, el canino que vivió el infierno de ser abandonado por un agresor machista tras ser dejado atrás por su dueña en plena huida, ha reabierto una herida profunda y silenciada: la violencia vicaria también se ejerce sobre los animales, y esta brutalidad se ha convertido en un terrorífico obstáculo para las mujeres que buscan escapar del maltrato. El reencuentro del leal Benji con su compañera, tras ser encontrado desorientado en Sacaba Beach por la Policía Local, es un final feliz que, sin embargo, arroja luz sobre una oscura realidad que deja a muchas víctimas atrapadas en un círculo vicioso de miedo y desprotección.
Arancha Mohand, jefa de servicio y coordinadora del Servicio urgente de atención ante violencia de género del Equipo de Atención a la Mujer (EAM), pone palabras a la angustia que sufren innumerables mujeres. «Hay mujeres que no se van de casa porque se preguntan qué va a pasar con su animal de compañía», afirma con crudeza. El vínculo emocional con perros, gatos o cualquier otro ser querido se transforma en un arma de doble filo en manos de los maltratadores, quienes no dudan en usar a estos inocentes compañeros como instrumento de chantaje y control. Este nexo de afecto, que en circunstancias normales es fuente de consuelo y apoyo, se convierte en una barrera emocional infranqueable, impidiendo que las víctimas tomen la decisión más importante de sus vidas: la de ponerse a salvo.
La denuncia de Mohand es contundente: existe una «falta de respuesta institucional» ante esta realidad. A nivel público y legislativo, el vacío es alarmante; no hay protocolos definidos sobre qué ocurre con los animales en casos de violencia de género. Esta ausencia de directrices claras tiene consecuencias devastadoras, con un escalofriante 80% de las víctimas que retardan o directamente renuncian a su huida por no abandonar a su mascota. Carmen Manzano, presidenta de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Málaga, subraya la carga que recae sobre entidades como la suya, que asumen una «responsabilidad que corresponde a la Administración» sin los recursos necesarios. La alimentación, desparasitación y el cuidado de estos animales recaen sobre espaldas que ya sufren la precariedad, creando un escenario de doble castigo: para la víctima, por la separación forzada, y para el animal, abandonado o en espera incierta.
La urgencia de soluciones es palpable. Manzano aboga por la creación de «casas de acogida donde vayan esas personas con su mascota». La separación de un animal de compañía no es una mera inconveniencia; es, como describe, un «doble maltrato, una doble condena» que revictimiza a quienes ya han sufrido lo indecible. Los profesionales consultados son enfáticos al señalar que la violencia contra los animales es un «indicador rojo» de violencia de género. Sin embargo, el sistema VioGén actual no contempla este crucial elemento. Es imperativo, recalcan, avanzar hacia una intervención integral que incluya a los animales, ampliando el acceso a pisos de acogida para que ninguna mujer se vea obligada a elegir entre su seguridad y el bienestar de su fiel compañero. Solo así se podrá desmantelar esta sutil pero devastadora arma utilizada por los maltratadores.
La historia de Benji, tristemente, no es un caso aislado, sino un cruel reflejo de cómo la violencia machista extiende sus tentáculos de forma indiscriminada. Lo que para muchos puede parecer un mero abandono animal, para las víctimas de maltrato es una barrera emocional y psicológica insuperable. El vínculo que une a una persona con su mascota es profundo y constituye una fuente de apoyo irremplazable, especialmente en momentos de extrema vulnerabilidad. Que los agresores manipulen este lazo para ejercer control y perpetuar el sufrimiento es una manifestación más de su depravación, y evidencia la necesidad urgente de que las instituciones reconozcan y aborden la violencia vicaria contra los animales como una pieza clave en la estrategia de protección a las víctimas.
La denuncia de la falta de respuesta institucional y la ausencia de protocolos claros para la acogida de animales junto a sus dueñas es, sencillamente, inaceptable. Es doblemente cruel que, al escapar de un entorno de terror, la víctima se vea obligada a elegir entre su propia seguridad y el bienestar de su compañero animal. Las protectoras, héroes anónimos que asumen cargas que no les corresponden, claman por una solución legislativa y práctica que permita la integración de las mascotas en las casas de acogida. La inacción no solo agrava el trauma de las mujeres, sino que perpetúa un ciclo de abandono y desprotección que debemos romper de una vez por todas. Es hora de pasar de la indignación a la acción, de reconocer que la protección animal y la lucha contra la violencia de género son dos caras de la misma moneda de la dignidad.
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