Mal de amores y aeronáuticos en Argentina. Tras la amarga derrota en la final del Mundial 2030 ante España y las consiguientes teorías conspirativas que señalan a un complot global para negarles el triunfo, la albiceleste parece haber encontrado un nuevo blanco para su descontento: la propia aerolínea española, Iberia. Lo que para la compañía ha sido un simple servicio logístico, para una parte de la afición argentina se ha convertido en una presunta provocación de mal gusto, avivando aún más la llama de la frustración tras no poder alzar el codiciado trofeo Jules Rimet.
La aeronave en cuestión, un Airbus A350-900 con matrícula EC-MYX y bautizado como «Paco de Lucía», no es una nave cualquiera. Ha sido el vehículo de transporte oficial de la Selección Española durante el torneo, acompañándola desde los amistosos previos hasta su periplo por México y Estados Unidos, culminando en la victoria final. La imagen capturada en Santiago de Compostela, antes de un encuentro contra Irak el pasado 4 de junio, muestra al avión luciendo los colores y el lema «despega un equipo, vuela un país», una estampa que, tras el Mundial, ha emprendido su ruta habitual. Sin embargo, su llegada a Buenos Aires, operando la ruta Madrid-Buenos Aires, ha desatado la tormenta perfecta en el país sudamericano. La presencia de la nave, adornada con los símbolos de la selección que les arrebató el sueño mundialista, ha sido interpretada por algunos como una +|\toma de pelo|\t no disimulada por parte de Iberia, aprovechando la sensibilidad a flor de piel de los aficionados argentinos.
El regreso del «Paco de Lucía» a España, aterrizando en Barajas a las 10:40 de la mañana de este 23 de julio, marca el fin de esta controversia aeronáutica. Mientras los pasajeros embarcaban para emprender un nuevo viaje, lejos, se espera, de las «ardientes» percepciones de algunos argentinos, la imagen del avión de Iberia se consolida como otro elemento más en el peculiar duelo post-Mundial. Curiosamente, la aerolínea de bandera argentina, Aerolíneas Argentinas, también había enviado días antes una aeronave decorada con los colores de la albiceleste a Barajas, cumpliendo un rol similar. Sin embargo, la reacción en España ha sido diametralmente opuesta, destacando la tranquilidad con la que se asume la gloria de ser campeón del mundo, sin que la presencia del transporte de los subcampeones genere asperezas. Una muestra más de que, en el deporte, la victoria borra muchas sombras, mientras que la derrota, a veces, las proyecta sobre cualquier detalle, hasta sobre un avión pintado.
Resulta francamente patético observar cómo la efímera euforia del deporte, y más aún la derrota, puede desatar reacciones tan desproporcionadas. La indignación de una parte de la afición argentina ante el vuelo de Iberia con los colores de la Selección Española no es más que el reflejo de una tendencia cada vez más preocupante a la victimización y a la búsqueda de agravios inexistentes. En lugar de centrarse en las razones futbolísticas de su no-victoria en el Mundial, prefieren escudarse en supuestas conspiraciones y en interpretaciones malévolas de gestos inocuos. La compañía aérea, en un acto de marketing deportivo completamente habitual, ha sido señalada como un agresor, ignorando olímpicamente la reciprocidad de un gesto similar por parte de Aerolíneas Argentinas. Este episodio, más allá de la anécdota, dibuja un panorama donde la pasión deportiva se transforma peligrosamente en nacionalismo exacerbado y en una perpetua necesidad de sentirse atacado.
Más allá de la comprensible decepción por no haber alcanzado la gloria máxima, esta reacción ante un avión decorado con los colores del campeón revela una fragilidad emocional que va más allá del ámbito deportivo. Es una oportunidad para la reflexión sobre cómo gestionamos nuestras derrotas y cómo proyectamos nuestra identidad nacional en un mundo globalizado. En vez de ver el avión de Iberia como una afrenta, podríamos haberlo considerado, incluso, como un símbolo de la conexión transatlántica y de la rivalidad sana que debería caracterizar al deporte. La decisión de Iberia de operar la ruta Madrid-Buenos Aires con esta aeronave es, en esencia, una cuestión logística y comercial; la interpretación de «recochineo» es una invención producto de una sensibilidad herida y de una falsa sensación de superioridad moral que se derrumba ante la evidencia. Quizás, en lugar de buscar culpables externos, deberíamos examinar internamente qué genera esta necesidad de ver enemigos en cada esquina, incluso en las nubes.
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