El gol agónico de Carlos Espí en el minuto 89 evitó un tropiezo inicial sonrojante para el Real Madrid en su estreno liguero ante el Espanyol. El conjunto blanco, que se adelantó pronto gracias a un cabezazo de Bellingham a pase de Arda Güler, evidenció las mismas preocupaciones defensivas y de control de partido que le lastraron la pasada campaña. A pesar de la intensidad inicial y de la amenaza constante de un Mbappé desequilibrante pero errático, el equipo se fracturó a medida que avanzaba el encuentro, cediendo protagonismo a un Espanyol que, con acierto, logró igualar la contienda y poner en aprietos a los de Mourinho. El técnico portugués, que ha intentado infundir un espíritu más aguerrido, se encontró con un equipo que, si bien muestra destellos de su ambición, aún arrastra las debilidades que le impidieron desplegar su potencial de forma consistente.
La puesta en escena del Real Madrid invitaba al optimismo. Apenas a los ocho minutos, una falta lateral ejecutada con maestría por Arda Güler encontró la cabeza de Bellingham, quien con su habitual potencia inauguró el marcador. Durante ese primer cuarto de hora, se vislumbró el equipo depredador y asfixiante que Mourinho pretende instaurar. Sin embargo, esta furia inicial se diluyó con alarmante rapidez. El Espanyol logró zafarse de la presión, encontró espacios en la defensa merengue y, a la media hora, Álex Calatrava firmó el empate con un disparo imparable ante Courtois. Una jugada que, además, dejó en evidencia las lagunas en la marca de Valverde. Desde ese momento, el Madrid perdió la brújula, desdibujándose en un encuentro donde las viejas costumbres de desorden y vulnerabilidad reaparecieron con insistencia.
La figura de Kylian Mbappé se erigió como el principal foco de atención y peligro. El francés demostró su calidad y desparpajo, generando hasta diez remates y protagonizando galopadas que parecían imposibles. No obstante, su actuación se vio empañada por una falta de contundencia final, recordando a aquella imagen de Vinícius en sus inicios. Precisamente, el brasileño ofreció una versión preocupante. A pesar de los golpes recibidos y de la consabida presión a la que está sometido, su juego con balón volvió a ser desesperante. Enredado con la defensa rival, amonestado y buscando duelos individuales poco productivos, Vinícius pareció desconectado de la estrategia colectiva. Su desbordamiento, que solía ser un seguro de gol, se tornó en un despliegue de energía sin el rédito esperado, chocando una y otra vez contra los esquipos bien plantados.
En la segunda mitad, Mourinho movió ficha buscando revitalizar a su equipo. La entrada de Cucurella y Yan Diomandé supuso sus debuts oficiales, sumándose a Bernardo, Konaté y Dumfries, quienes partieron de inicio. Ambos recién llegados mostraron solidez y alguna destello de calidad, pero sin la chispa que el encuentro demandaba. La jugada decisiva llegó a falta de once minutos para el final. En una acción embarullada dentro del área, tras una internada de Mbappé, el balón le llegó a los pies de Carlos Espí, quien había sustituido a Bellingham. Con dos toques, el delantero valenciano, bautizado ya como «el Tanque» por su impacto desde su llegada, sentó a Dmitrovic y definió con la derecha, demostrando la sangre fría y la pegada que tanto se echaban en falta. Un gol que, más allá de los tres puntos, sirvió para maquillar un encuentro que deja claro que, si bien hay voluntad de cambio, la solidez defensiva y la regularidad en el juego siguen siendo asignaturas pendientes para el Real Madrid. La próxima cita ante la Real Sociedad en el Bernabéu será un nuevo examen, y la afición madridista no perdonará si las viejas grietas vuelven a aparecer.
El titular que acompaña a la crónica del debut liguero del Real Madrid promete mucho más de lo que la crónica en sí misma parece ofrecer. Si bien se nos describe un arranque esperanzador, con ese gol tempranero de Bellingham que evoca la intensidad deseada, el relato se desmorona rápidamente al dibujar un equipo que, lejos de cimentar su victoria, se descompone ante la mínima presión. Es frustrante observar cómo, temporada tras temporada, el discurso sobre la solidez y la ambición del conjunto blanco parece quedar en palabras huecas. La metáfora del «catálogo de averías» no podría ser más acertada; se intenta maquillar la fachada, pero la fragilidad estructural parece seguir ahí, latente, esperando el momento oportuno para aflorar. La incapacidad de mantener la intensidad y el control del juego durante un periodo prolongado sigue siendo el talón de Aquiles de este equipo, un patrón que resulta desalentador para cualquier aficionado que anhele ver un proyecto futbolístico realmente consolidado.
La figura de Vinicius Jr. emerge como un reflejo de esta inconsistencia. Se le describe con una actitud combativa, sí, pero también errática, buscando confrontaciones estériles y desaprovechando ocasiones claras. Resulta preocupante que, ante la exigencia del Santiago Bernabéu, donde la afición ya ha demostrado su impaciencia ante la falta de esfuerzo, el brasileño no ofrezca una imagen más pulida y efectiva. La comparación con un «ex barcelonista Umtiti» puede ser cruda, pero subraya la sensación de un jugador que, en lugar de evolucionar, parece estancado en tics que perjudican al colectivo. Este Real Madrid, a pesar de los nombres y de los esfuerzos por inyectar savia nueva, parece atrapado en un bucle de inconsistencia, donde la victoria se consigue por empujes puntuales y no por un dominio sostenido, dejando en el aire la seria pregunta de si las «paredes siguen oliendo a humedad» incluso bajo la capa de pintura de los nuevos técnicos y fichajes.
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