MÁLAGA, 22 de agosto de 2026. El olor a incienso se mezcla con el de la goma quemada en el aire. El sol, inclemente, baña la Costa del Sol, testigo mudo de la llegada de un ciclismo que, una vez más, pone sus ojos en España. Y en el epicentro de la expectación, como un imán de magnetismo ineludible, se encuentra Tadej Pogacar. El genio esloveno, el ciclismo hecho poesía en movimiento, regresa al escenario de su consagración juvenil para conquistar el último bastión que le falta: La Vuelta a España. Siete años después de aquel debut que dejó al mundo boquiabierto, Pogacar, ahora un titán forjado en mil batallas y coronado en los Campos Elíseos cinco veces, busca grabar su nombre en el panteón de los elegidos que han alzado las tres grandes vueltas.
El palmarés de Tadej Pogacar es una obra monumental, un compendio de victorias que ya exige varios archivadores. Tras sumar a su vitrina sendos Giros de Italia y Tours de Francia, la Vuelta, esa que le vio dar el primer aviso al mundo con solo 20 años, se antoja el broche de oro perfecto para su leyenda. El inicio en Mónaco, con una contrarreloj que roza la perfección para sus aspiraciones, marca el pistoletazo de salida de lo que se prevé como una demostración de poderío. La pregunta no es quién puede destronar al esloveno, sino más bien quién será capaz de hacerle sudar la gota gorda. Aunque nombres potentes como Jonas Vingegaard o Remco Evenepoel no estarán en liza, la presencia de un resucitado Primoz Roglic, rodeado de interrogantes, y de ciclistas como Richard Carapaz, Felix Gall u Oscar Onley, añade picante a la contienda.
Mientras Pogacar persigue la gloria histórica, otros navegan en aguas distintas, pero no menos intensas. El ciclismo español, representado por figuras como Enric Mas, Mikel Landa y Carlos Rodríguez, aspira a meterse en la pelea por el podio, un objetivo siempre ambicioso en una ronda de esta magnitud. Pero si hay un equipo que lleva tiempo suspirando por un soplo de aire fresco, ese es Movistar. Liderado por Enric Mas, el equipo telefónico se enfrenta a una misión que, aunque menos glamurosa que la victoria final, se ha vuelto vital: volver a ganar una etapa en La Vuelta. Desde aquel 2021 con Miguel Ángel López en Gamoniteiru, han transcurrido cinco años, un lapso que, en el vertiginoso mundo del ciclismo, se antoja una eternidad.
La organización de La Vuelta ha diseñado un trazado que promete espectáculo y sufrimiento a partes iguales. Más de 58.000 metros de desnivel y siete finales en alto son solo el aperitivo de lo que aguarda. Andorra abrirá el apetito de los escaladores, mientras que Aitana y Calar Alto pondrán a prueba las fuerzas de los contendientes antes de la temida Sierra de La Pandera, una auténtica trituradora de sueños. Sin embargo, la verdadera batalla parece reservada para la última semana. Tras una crono decisiva entre El Puerto de Santa María y Jerez, Peñas Blancas y el Collado del Alguacil se erigen como jueces implacables. Este último, un puerto que ya ha sido bautizado como el «Angliru del Sur», con casi 5.000 metros de desnivel en 187 kilómetros, podría ser el escenario donde la Vuelta se decida, dejando para la etapa final en Granada el mero trámite de la confirmación. El camino está trazado, la leyenda a punto de ser escrita. La Vuelta de Pogacar, la Vuelta de la redención, está a punto de comenzar.
La vuelta de Tadej Pogacar a La Vuelta a España, tras conquistar un palmarés que ya empieza a ser legendario, nos plantea una reflexión profunda sobre la evolución del ciclismo de élite. El esloveno, con esa precocidad que asusta y maravilla a partes iguales, ha reescrito las reglas del juego, convirtiéndose en el ciclista a batir en cualquier gran cita. Su presencia en La Vuelta no es solo un evento deportivo, sino un hito que subraya la fuerza imparable de una generación de corredores jóvenes y ambiciosos, capaces de dominar las tres grandes vueltas con una autoridad que rara vez hemos visto. La pregunta ya no es si ganará, sino cuánto pondrá a prueba a sus rivales. La ausencia de contendientes directos como Vingegaard o Evenepoel, si bien comprensible por estrategias de temporada, deja un sabor agridulce, sugiriendo una hegemonía que, si bien merecida, puede mermar la épica de la competición.
Sin embargo, esta edición de La Vuelta también nos ofrece la oportunidad de mirar más allá del inevitable duelo por la maglia roja. La urgencia del Movistar por reencontrarse con la gloria de una victoria de etapa, que se le resiste desde hace demasiadas temporadas, es un reflejo de la cambiante dinámica de los equipos y la creciente dificultad para obtener triunfos parciales en un panorama dominado por figuras excepcionales. La organización, por su parte, ha trazado un recorrido ambicioso, buscando la dureza y el espectáculo con puertos que prometen emociones fuertes, como el bautizado «Angliru del Sur». Es en estos escenarios donde reside la auténtica esencia de La Vuelta: la lucha, el sacrificio y la posibilidad de que, incluso ante la figura de Pogacar, surjan héroes inesperados capaces de plantar cara y regalarnos momentos inolvidables. La esperanza reside en que la montaña haga su trabajo y nos depare sorpresas, más allá de la predecible coronación del genio esloveno.
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