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Real Madrid avanza a octavos de Champions con juego mediocre y ambiente sombrío en el Bernabéu.

El Real Madrid avanza en la Champions League con una victoria cuestionable, clasificándose entre los dieciséis mejores de Europa.

Real Madrid, entre lafficacy y la apatía: la Champions se conquista con lo mínimo

El Santiago Bernabéu vivió ayer una noche de esas que se graban a fuego en la memoria colectiva madridista, no por la exhibición futbolística, sino por la demostración de que, a veces, basta con ser un poco mejor que el rival para avanzar en Europa. El Real Madrid, en una versión de servicios mínimos, selló su pase a la siguiente ronda de la Champions League tras imponerse al Benfica. Un triunfo que, si bien acerca a los blancos a la gloria europea, deja un regusto amargo en cuanto a la imagen ofrecida sobre el césped y la atmósfera generada en las gradas.

Un partido resuelto con la inercia

La crónica de la victoria del Real Madrid ante el Benfica bien podría titularse «la suerte del campeón». En un encuentro donde la intensidad brilló por su ausencia y la fluidez en el juego fue un espejismo, los merengues se apoyaron en la superioridad individual para sortear la eliminatoria. La ausencia de Kylian Mbappé, sumada a la desafortunada acción de Raúl Asencio que le causó una importante conmoción, subrayaron una noche marcada por las incidencias, más allá de lo puramente deportivo. El equipo de Arbeloa, lejos de la imagen arrolladora que se espera de un gigante europeo, pareció solidarizarse con la huelga médica en cuanto a su «puesta en escena», ofreciendo un fútbol que, aunque efectivo para sumar, deja serias dudas sobre su potencial real ante rivales de mayor enjundia.

El Bernabéu, un templo silencioso

Más allá de lo deportivo, la atmósfera del Santiago Bernabéu se convirtió en uno de los focos de atención. Lejos del rugido que antaño infundía respeto, el coliseo blanco se asemejó más a un «tanatorio», como bien se ha podido leer en las redes sociales. La apatía de una grada convertida en «turistódromo» contrastó vivamente con el ímpetu de los poco más de cuatro mil aficionados del Benfica, cuyas gargantas eclipsaron al público local. Se echa en falta ese «foco de animación» que logre poner los pelos de punta a los rivales y devuelva el auténtico «miedo escénico» que tanto se ha elogiado en la historia del club. La controversia generada por un saludo nazi en la grada, si bien puntual y lamentable, ha servido para desviar la atención del verdadero problema: un estadio que, en muchos aspectos, parece haber perdido el pulso de la pasión madridista.

Es difícil no sentir una mezcla de admiración y perplejidad ante el Real Madrid y su pase a la siguiente ronda de la Champions League. Si bien la victoria es innegable, la forma en que se consigue, marcada por un juego que el propio texto califica de «paupérrimo», nos obliga a reflexionar sobre la esencia del éxito deportivo. ¿Basta con alcanzar el objetivo final, sin importar la estética o la intensidad desplegada en el camino? La imagen de un equipo que «no juega a nada» pero que se encuentra entre los dieciséis mejores de Europa es un reflejo, quizás, de una era donde la pragmática victoria parece haber devorado la pasión por el juego bonito. La solidaridad con los médicos, aunque bien intencionada, adquiere un matiz irónico cuando el propio rendimiento en el campo parece operar bajo «servicios mínimos», demostrando que la excelencia, en este caso, no es sinónimo de brillantez futbolística.

Más allá de lo estrictamente deportivo, la descripción del Santiago Bernabéu como un «tanatorio» es una crítica demoledora que trasciende el resultado de un partido. La imagen de un aficionado «con el móvil en mano» y la ausencia de ese «miedo escénico» que antaño caracterizaba al coliseo blanco, nos enfrenta a una realidad incómoda: la transformación del estadio en un mero punto de encuentro turístico, despojado de la efervescencia que siempre lo definió. La mención al «saludo nazi» desvía la atención, es cierto, pero no oculta la profunda desafección de una parte de su masa social, ahogada por «touroperadores» y «reventas». Resulta descorazonador pensar que la pasión de antaño ha sido sustituida por un silencio cómplice, donde los «madridistas de verdad» parecen diluirse entre la multitud, dejando un sabor agridulce a victorias pírricas, tanto en el césped como en la grada.

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