Lisboa, 18 de Noviembre de 2025 – La Web Summit de Lisboa, ese crisol de innovación y tecnología que año tras año define el futuro digital, ha cerrado sus puertas dejando tras de sí un reguero de flashes, promesas incumplidas y, sobre todo, la confirmación de que la robótica ha llegado para quedarse. Pero este año, la controversia no solo vino de la mano de algoritmos y prototipos, sino también del tráfico aéreo.
Más allá de los discursos grandilocuentes y las startups con ideas revolucionarias, fue Spot, el perro robótico de Boston Dynamics, quien acaparó la atención del público. Su elegante paso por el escenario, su capacidad para sortear obstáculos y, sobre todo, la promesa de un futuro donde los robots nos asistan en tareas peligrosas y repetitivas, dejaron boquiabiertos a los asistentes. Robert Playter, CEO de Boston Dynamics, defendió el potencial de Spot y otros robots de la compañía, argumentando que su adaptabilidad a entornos impredecibles los convierte en una herramienta invaluable para la industria.
Sin embargo, no todos comparten la visión optimista de Playter. Tye Brady, responsable de Tecnología de Amazon Robotics, manifestó su escepticismo sobre la viabilidad de desplegar robots humanoides y cuadrúpedos a la escala que Amazon necesita. Según Brady, aún se requieren avances significativos en inteligencia artificial y, sobre todo, en el desarrollo de un "tacto" y "destreza" equiparables a los humanos. La discrepancia entre Boston Dynamics y Amazon Robotics pone de manifiesto las diferentes estrategias y prioridades en el campo de la automatización.
Pero la Web Summit de este año no solo estuvo marcada por la robótica y la IA. La afluencia masiva de jets privados, impulsada por un aumento del 74% en el número de inversores, provocó un colapso sin precedentes en el aeropuerto de Lisboa. La falta de espacio para aterrizar obligó a los controladores a desviar aeronaves a ciudades como Badajoz, generando un caos que sorprendió a propios y extraños. Paddy Cosgrave, el polémico CEO de la Web Summit, justificó el atasco como una consecuencia del éxito del evento y la creciente demanda de inversión en tecnología. Cosgrave, que volvió a su puesto tras una breve ausencia, lució un jersey con la palabra "PRESS", alegando la necesidad de proteger el periodismo.
Cosgrave ya había advertido sobre el avance imparable de la robótica china, destacando que muchos de los robots más avanzados que se exhibirían en la feria provenían del gigante asiático. La presencia de empresas como Unitree, fabricante de humanoides y perros robóticos, corroboró esta tendencia y generó inquietud sobre la competitividad de la industria europea y estadounidense. La Web Summit de Lisboa ha confirmado que la robótica es una fuerza disruptiva con un potencial transformador, pero también ha puesto de manifiesto los desafíos éticos, económicos y logísticos que plantea su despliegue a gran escala. El futuro, una vez más, se dibuja entre algoritmos, metal y un cielo congestionado de jets privados.
La Web Summit, otrora faro de innovación democratizadora, se consolida como espejo de nuestras contradicciones más estridentes. Que un perro robótico como Spot acapare más titulares que los debates sobre la ética de la IA o la sostenibilidad del sector tecnológico revela una preocupante tendencia a la espectacularización y al olvido de la verdadera disrupción: aquella que aborda las desigualdades y los retos sociales. Celebrar la eficiencia de los algoritmos mientras se ignora el impacto de la automatización en el empleo, o maravillarse con la precisión de los robots sin cuestionar quién controla su despliegue, es un acto de negligencia intelectual que no podemos permitirnos. La innovación, en definitiva, debe ser juzgada por su capacidad para mejorar la vida de todos, no solo para llenar los bolsillos de unos pocos.
La imagen del atasco aéreo en Lisboa, con jets privados desviándose a Badajoz, es una metáfora grotesca de la desconexión entre la élite tecnológica y la realidad que la mayoría enfrentamos. Justificar semejante despilfarro como una «consecuencia del éxito» es un insulto a la inteligencia y una muestra flagrante de falta de responsabilidad social. Mientras el planeta se asfixia bajo las emisiones de carbono, ver a los líderes tecnológicos compitiendo por un hueco en el cielo lisboeta es un síntoma alarmante de la miopía que amenaza con convertir la innovación en un privilegio exclusivo, alejado de la ciudadanía y, por ende, condenado a la irrelevancia ética. La Web Summit, y todos los eventos de su calaña, deben replantearse su propósito y asumir su papel como agentes de cambio positivo, no como meros escaparates del *status quo*.
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