Málaga, 22 de noviembre de 2025 – La sombra de la historia se cierne sobre la vertiginosa carrera tecnológica que vivimos. Mientras la inteligencia artificial (IA) redefine industrias y la robótica avanza a pasos agigantados, surge una pregunta inquietante: ¿estamos condenados a repetir los errores del pasado? Carl Benedikt Frey, profesor asociado en el Oxford Internet Institute, nos invita a reflexionar sobre esta cuestión en su nuevo libro, Cómo termina el progreso: tecnología, innovación y el destino de las naciones. Un título que resuena con fuerza en una Málaga que aspira a consolidarse como un hub tecnológico de referencia.
El paralelismo entre la explosión de la electricidad a principios del siglo XX y el auge actual de la IA es innegable. Ambas revoluciones tecnológicas prometen transformar nuestras vidas, pero también conllevan el riesgo de crear ganadores y perdedores. Frey advierte que el progreso tecnológico no es inevitable y que sociedades que en el pasado lideraron la innovación pueden perder su ventaja competitiva. ¿Qué factores determinan el éxito o el fracaso?
La clave, según Frey, reside en la capacidad de las sociedades para fomentar la experimentación y la descentralización. Cita el caso de la Unión Soviética, que a pesar de su impresionante crecimiento económico durante cuatro décadas, fracasó en la era de la informática debido a la falta de flexibilidad y a la excesiva centralización del poder. En contraste, el éxito de Silicon Valley se atribuye a la libre competencia, la movilidad de los ingenieros y la cultura de la innovación. Málaga, con su apuesta por el Parque Tecnológico de Andalucía (PTA) y el fomento del emprendimiento, parece estar siguiendo un camino similar. Sin embargo, ¿es suficiente?
La historia nos enseña que la innovación no es solo cuestión de tecnología, sino también de instituciones y políticas. Las decisiones que se tomen hoy en Málaga, tanto a nivel público como privado, determinarán si la ciudad se convierte en un polo de innovación duradero o si, por el contrario, se estanca en la mediocridad. La inversión en educación, la simplificación de los trámites burocráticos y el apoyo a las empresas locales son cruciales para crear un ecosistema favorable a la innovación.
Pero quizás el factor más importante sea la mentalidad. Una sociedad que abraza el riesgo, que celebra el fracaso como una oportunidad de aprendizaje y que fomenta la colaboración entre diferentes sectores es una sociedad que tiene más probabilidades de prosperar en la era de la IA. Málaga tiene la oportunidad de aprender de los errores del pasado y construir un futuro en el que la tecnología esté al servicio de todos. El reto está lanzado.
La analogía entre la revolución eléctrica del siglo XX y el actual auge de la IA, planteada por Frey, resuena con fuerza en una Málaga que ambiciona ser un referente tecnológico. Sin embargo, la simple apuesta por el PTA y el «fomento del emprendimiento» no garantizan el éxito. Málaga necesita una estrategia más audaz y con visión de futuro, que vaya más allá de la atracción de inversiones extranjeras y se centre en el desarrollo de talento local y en la creación de un tejido empresarial propio, diversificado y resiliente. De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en un mero escaparate tecnológico, dependiente de las decisiones y los intereses de empresas externas, repitiendo errores del pasado que hemos visto en otros sectores.
Más allá de las infraestructuras y la financiación, el verdadero desafío reside en cultivar una cultura de la innovación genuina. No basta con hablar de «celebrar el fracaso»; es necesario crear mecanismos que permitan a los emprendedores aprender de sus errores y seguir adelante sin ser penalizados por la burocracia o la falta de apoyo institucional. Málaga debe aspirar a ser algo más que un «Silicon Valley del sur de Europa». Debe forjar su propia identidad tecnológica, basada en sus fortalezas y en su idiosincrasia, apostando por proyectos innovadores que resuelvan problemas locales y que generen un impacto positivo en la sociedad malagueña. Solo así podremos construir un futuro tecnológico próspero y sostenible.
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