Málaga, 3 de junio de 2025 – En un giro inesperado que ha sacudido la industria tecnológica, Meta, la gigante detrás de Facebook e Instagram, ha desactivado un sistema de rastreo particularmente astuto que utilizaba en dispositivos Android. La revelación, fruto de la curiosidad de un profesor universitario y la perspicacia de un investigador en seguridad, pone de manifiesto la constante batalla entre las empresas que buscan maximizar la recopilación de datos y los defensores de la privacidad del usuario.
La historia comenzó con el profesor Günes Acar, de la Universidad Radboud, quien, buscando un ejemplo para sus alumnos, tropezó con una conexión inusual entre la página web de su universidad y su propio ordenador. Tras una investigación más profunda, Acar se alió con Narseo Vallina-Rodríguez, experto en seguridad de Imdea Networks. Juntos, descubrieron que Meta estaba aprovechando una comunicación entre las aplicaciones de Facebook e Instagram instaladas en dispositivos Android y la navegación web del usuario, incluso en modo incógnito y utilizando VPNs. En esencia, Meta estaba cruzando la información obtenida a través de sus aplicaciones con la actividad de navegación web para identificar a los usuarios de manera más precisa.
El modus operandi de Meta se basaba en el omnipresente Meta Pixel, un fragmento de código presente en aproximadamente el 20% de las páginas web más visitadas. Este píxel, al detectar la visita de un usuario logueado en su aplicación de Facebook o Instagram en Android, no solo generaba una cookie, sino que también establecía una conexión directa con la aplicación móvil. Esta conexión permitía vincular la cookie a la identidad del usuario y reenviar la información a los servidores de Meta, sorteando así las limitaciones impuestas por las políticas de privacidad de los navegadores.
La controversia estalló cuando varios medios, incluyendo El diario de Málaga, contactaron a Meta para solicitar explicaciones sobre esta práctica. La empresa respondió pausando la función, alegando estar en conversaciones con Google para aclarar un «posible malentendido» en la aplicación de sus políticas. Sin embargo, Google ya está trabajando en una actualización para su navegador Chrome que impedirá a Meta explotar esta vulnerabilidad.
Lo que hace aún más intrigante esta historia es el descubrimiento de que la plataforma rusa Yandex había estado utilizando una técnica similar desde 2017, sin que nadie se percatara. Si bien no se puede confirmar si Meta se inspiró en la práctica de Yandex, las similitudes iniciales entre los dos sistemas, que incluían el uso de conexiones al puerto local del dispositivo, sugieren una posible conexión.
Este incidente plantea serias interrogantes sobre el futuro de la privacidad en la era digital. ¿Es esta táctica de rastreo encubierto una respuesta a los esfuerzos por limitar el seguimiento de terceros en los navegadores, como el Privacy Sandbox de Google? ¿Y qué otras técnicas similares podrían estar utilizando otras empresas para recopilar datos de los usuarios sin su consentimiento explícito? La respuesta, como siempre, parece estar en un juego constante del gato y el ratón entre la innovación tecnológica y la protección de la privacidad.
La «pausa» de Meta en su rastreo encubierto de Android es, en el mejor de los casos, un respiro táctico en una guerra asimétrica por la privacidad. Que una empresa de la magnitud de Meta recurra a subterfugios tan burdos para sortear las protecciones que, con dificultad, los usuarios intentan levantar, revela una desesperación por aferrarse a un modelo de negocio basado en la vigilancia masiva. No basta con las disculpas diluidas y la promesa de «conversaciones» con Google. La verdadera rendición de cuentas implicaría una auditoría transparente y pública de todas sus prácticas de recopilación de datos, y la renuncia definitiva a cualquier técnica que viole la confianza de los usuarios, incluso si legalmente aún no está prohibida. El «posible malentendido» alegado es una ofensa a la inteligencia, y un claro indicador de que la ética empresarial sigue siendo una variable insignificante en la ecuación de beneficios de la compañía.
El descubrimiento, además, pone de manifiesto la necesidad urgente de reforzar la vigilancia independiente sobre las prácticas de las grandes tecnológicas. El que la jugada de Meta haya sido destapada por la labor minuciosa de académicos, y no por los organismos reguladores, es un fracaso del sistema. No podemos depender eternamente del ingenio y la dedicación de investigadores aislados para defendernos de abusos flagrantes. Urge dotar a las autoridades de recursos y herramientas eficaces para auditar en tiempo real las operaciones de las empresas, y sancionar ejemplarmente cualquier intento de manipulación de la privacidad. De lo contrario, este «juego del gato y el ratón» seguirá perpetuándose, con los usuarios como perdedores inevitables.
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