En el vertiginoso mundo de la tecnología, donde la innovación parece superar la capacidad humana de asimilación, una nueva frontera se abre paso a golpe de algoritmo: la generación de video mediante Inteligencia Artificial. Lo que hace apenas un par de años parecía ciencia ficción, hoy se ha convertido en una realidad palpable, transformando radicalmente la forma en que consumimos y creamos contenido audiovisual. Desde la creación de anuncios hiperrealistas hasta la viralización de situaciones cómicas salidas de la mente de una IA, el impacto de esta tecnología es innegable.
El caso de Luis Riancho, alias Techhalla, ilustra a la perfección esta revolución. Este ingeniero de telecomunicaciones cántabro, alejado del mundo audiovisual hasta hace poco, ha conquistado las redes sociales con sus creaciones generadas con IA. Su video más popular, con 67 millones de visualizaciones, muestra una escena surrealista: Riancho comiendo una naranja y, acto seguido, expulsando dos naranjas por los ojos. Un ejemplo de cómo la IA puede crear contenido absurdo y cautivador que atrae a millones. Riancho, como muchos otros, vio la oportunidad en este nuevo panorama, anticipando que las herramientas de IA pronto democratizarían la creación audiovisual.
Pero el auge del video generado por IA no está exento de controversia. A la velocidad con la que evoluciona la tecnología, se suma la preocupación por los derechos de autor, la posible pérdida de empleos y la proliferación de *deepfakes* y desinformación. La implementación de marcas de agua se antoja una solución insuficiente, ya que existen herramientas capaces de eliminarlas. La ética parece ir a remolque de una innovación que avanza a pasos agigantados, impulsada por inversiones millonarias y un ejército de empresas y profesionales que ven en la IA una herramienta para hacer en horas lo que antes requería semanas de trabajo en un estudio de cine.
Omar Pera, director de producto de Freepik, destaca el avance exponencial que ha experimentado la IA en el último año. La capacidad de generar videos indistinguibles de la realidad se ha convertido en un objetivo cada vez más cercano. La llamada «última milla», la mejora de la resolución y los detalles, promete difuminar aún más la línea entre lo real y lo artificial. Los modelos Kling, Veo, Hailuo y Sora, líderes en el sector, lanzan nuevas versiones constantemente, demostrando la frenética competencia por dominar este mercado.
Ante este panorama, Meta y OpenAI han dado un paso más allá, creando redes sociales dedicadas exclusivamente a contenido generado por IA: Vibes y Sora, respectivamente. Aunque aún no están disponibles en Europa, estas plataformas representan un nuevo paradigma en la creación y el consumo de video. Sora, en particular, permite crear videos con rostros de amigos y famosos (con su consentimiento), abriendo un abanico de posibilidades creativas, pero también éticas. El potencial de uso indebido de esta tecnología es, sencillamente, incalculable.
El debate sobre la calidad del contenido generado por IA también está sobre la mesa. El término *AI slop* o «bazofia con IA» ha surgido para referirse a videos humorísticos y de entretenimiento creados con esta tecnología. Sin embargo, creadores como Luis Talavera, de la cuenta de TikTok americasfunnyaivids, rechazan esta etiqueta, defendiendo el valor de su trabajo como una forma de expresión creativa que genera ingresos y divierte a millones de personas. La clave del éxito, según el creador de contenido Pablo Prompt, reside en la capacidad de mezclar ficción y realidad, creando situaciones inesperadas y absurdas que conectan con el público. Su video «Michi olimpiadas», con gatos saltando desde un trampolín, es un claro ejemplo de este fenómeno.
En definitiva, la generación de video mediante IA representa un cambio de paradigma en la industria audiovisual. Si bien las preocupaciones éticas y los riesgos de desinformación son reales, también es innegable el potencial creativo y democratizador de esta tecnología. El futuro del video, como el futuro de muchas otras industrias, está intrínsecamente ligado al desarrollo y la adopción de la Inteligencia Artificial. La pregunta que debemos hacernos es si estamos preparados para este futuro y si sabremos utilizar esta poderosa herramienta de forma responsable y creativa.
La democratización de la creación audiovisual que promete la IA es, sin duda, seductora, pero se presenta con un reverso tenebroso que no podemos ignorar. Si bien el acceso a herramientas para generar contenido atractivo y viral se extiende, es crucial analizar quién se beneficia realmente de esta expansión. Detrás de cada «éxito» como el de Techhalla, se esconde una posible devaluación del trabajo creativo profesional, donde la habilidad y la experiencia quedan relegadas ante la mera capacidad de generar imágenes impactantes, aunque carentes de sustancia o incluso de sentido. La banalización del contenido, disfrazada de innovación, es una amenaza real para la calidad del discurso audiovisual y para la sostenibilidad de un sector que ya enfrenta serias dificultades.
La prisa por explotar el potencial de la IA en la creación de video nos está llevando a un terreno pantanoso donde la ética y la responsabilidad social quedan relegadas a un segundo plano. La falta de regulación efectiva y la dificultad para rastrear el origen y la veracidad del contenido generado por IA son una bomba de relojería para la desinformación y la manipulación. Mientras debatimos sobre la «bazofia con IA» y su valor como forma de expresión, corremos el riesgo de normalizar la difusión de noticias falsas o la creación de *deepfakes* dañinos. Urge un debate profundo sobre los límites de esta tecnología y la necesidad de establecer mecanismos de control que garanticen la transparencia y la protección de los derechos fundamentales.
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