La Costa del Sol, cuna de versos y crisol de intelectos, se siente hoy relegada al ostracismo cultural. Francisco Salado, presidente de la Diputación Provincial, ha alzado la voz con visible indignación ante la decisión del Ministerio de Cultura, liderado por Ernest Urtasun, de aparentemente ignorar la innegable conexión de Málaga con la Generación del 27 en los actos conmemorativos de su centenario. Un silencio que resuena a desaire en las calles que vieron nacer y crecer a figuras cruciales de la literatura española.
Salado no ha dudado en expresar su «sorpresa» ante lo que considera una omisión flagrante. «Málaga no puede quedar excluida», sentenció, subrayando la profunda raíz malagueña del movimiento literario. No se trata solo de nombres grabados en placas conmemorativas, sino de una impronta indeleble en la esencia misma de la Generación.
El presidente de la Diputación ha apelado a la memoria histórica y a la justicia cultural. En su declaración, resonaron los nombres de María Zambrano, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, José María Hinojosa y José Moreno Villa, todos ellos hijos ilustres de Málaga. Recordó, además, la estrecha vinculación de Vicente Aleixandre con la capital, donde pasó su infancia, así como la conexión de otros miembros destacados como Cernuda, Guillén, Lorca y Dámaso Alonso. Una constelación de talentos que iluminaron el panorama literario español desde la costa malagueña.
Pero la conexión de Málaga con la Generación del 27 trasciende el simple nacimiento de sus miembros. Salado ha recordado con fervor la importancia de la imprenta Sur, radicada en Málaga, y la revista ‘Litoral’, nacida en esta tierra y aún viva, como pilares fundamentales en la difusión de la obra de estos poetas e intelectuales. «De ahí salieron las primeras obras de muchos de estos poetas», enfatizó, resaltando el papel de Málaga como centro neurálgico de la producción literaria del grupo.
Ante esta situación, Salado se plantea dos escenarios posibles: desconocimiento o mala fe. Si se trata de lo primero, promete una misiva detallada al ministro Urtasun, una lección de historia literaria para poner en valor la contribución malagueña. Pero si, por el contrario, se trata de una decisión consciente y malintencionada, Salado no dudará en movilizar al mundo de la cultura para que alce su voz en protesta ante el Ministerio.
«Si es de mala fe, no hace honor a su cargo de ministro de Cultura con esta decisión», sentenció, dejando clara su determinación de luchar por el reconocimiento que Málaga merece. La pregunta ahora es si el Ministerio de Cultura escuchará el clamor de la Costa del Sol y rectificará a tiempo para que Málaga ocupe el lugar que le corresponde en la celebración del centenario de la Generación del 27.
La indignación de Francisco Salado, más allá del lógico orgullo provincial, pone de manifiesto una preocupante tendencia a la centralización cultural, donde la periferia, pese a su innegable contribución, a menudo queda silenciada en los fastos nacionales. El centenario del 27 debería ser una oportunidad para descentralizar el foco, para reivindicar la riqueza y diversidad del legado literario español, mostrando cómo la Generación del 27 floreció no solo en la capital, sino también a orillas del Mediterráneo. Ignorar el papel crucial de Málaga y sus hijos ilustres en la configuración de este movimiento, como denuncia Salado, no solo es un error histórico, sino una falta de respeto hacia la memoria cultural colectiva.
Más allá de la posible «mala fe» apuntada por el presidente de la Diputación, quizás estemos ante un problema aún más grave: la persistente visión sesgada de la cultura española, que prioriza los focos tradicionales relegando al olvido las contribuciones desde la periferia. El Ministerio de Cultura tiene la responsabilidad de trascender estas inercias y promover una visión inclusiva y completa del patrimonio cultural español. No basta con un simple mea culpa o la inclusión tardía de Málaga en el programa conmemorativo; se requiere una revisión profunda de los criterios de selección y una mayor sensibilidad hacia las realidades culturales de las distintas regiones. De lo contrario, el centenario del 27, en lugar de ser una celebración de la pluralidad creativa, se convertirá en otro ejemplo de centralismo cultural mal entendido.
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