El rugido de las máquinas ha dado paso a un suspiro de alivio. Marbella, epicentro del glamour y la vitalidad de la Costa del Sol, ha inaugurado hoy la ampliación de su planta desaladora, una inversión de 8 millones de euros que promete asegurar el suministro hídrico no solo de la ciudad, sino de toda la provincia de Málaga. En un contexto marcado por la creciente preocupación por la sequía y el cambio climático, esta obra se erige como un faro de esperanza, un símbolo de la apuesta decidida por la sostenibilidad y la autosuficiencia.
Juanma Moreno, presidente de la Junta de Andalucía, ha presidido el acto inaugural, subrayando la prioridad absoluta que su gobierno otorga a las políticas de agua. «En una tierra tan expuesta al cambio climático y a la sequía, el agua no es un lujo, sino una necesidad», ha afirmado Moreno, instando al Gobierno central a redoblar sus esfuerzos en materia hídrica. La ampliación, si bien no es competencia directa de la Junta, ha sido impulsada por el Ejecutivo andaluz ante la urgencia de garantizar el suministro en una zona que triplica su población en los meses de verano.
La ampliación de la desaladora permitirá que la planta vuelva a operar a su máxima capacidad, produciendo 20 hectómetros cúbicos de agua desalada al año, una cifra que supone entre el 15 y el 20% de las necesidades hídricas de la Costa del Sol. Esta inversión estratégica no solo garantiza el suministro para los residentes y el sector turístico, sino que también permitirá transferir recursos a otras zonas necesitadas, como Málaga y la Axarquía, gracias a la interconexión de los sistemas.
Más allá de la ampliación de la desaladora, el Gobierno andaluz está invirtiendo fuertemente en la modernización y optimización de las infraestructuras hídricas de la provincia. Casi 150 millones de euros se han destinado ya a 39 actuaciones, mientras que otros 120 millones están en marcha para siete proyectos adicionales. Estas inversiones incluyen la renovación de colectores de saneamiento en Fuengirola y San Pedro de Alcántara, así como el impulso a la futura desaladora de la Axarquía.
En los próximos meses se espera la firma del contrato para la ampliación de la Estación de Tratamiento de Agua Potable (ETAP) de Río Verde en Marbella, una obra que supondrá una inversión de 39 millones de euros. Además, se han destinado 65 millones de euros a proyectos para mejorar y optimizar los recursos hídricos para los regantes de la provincia. Con estas inversiones, Andalucía aspira a convertirse en un referente en la gestión sostenible del agua, garantizando el bienestar de sus ciudadanos y el futuro de su economía.
La inauguración de la ampliación de la desaladora de Marbella se presenta como una victoria en la lucha contra la sequía, pero conviene preguntarse si este despliegue de recursos no es, en realidad, una cortina de agua para ocultar problemas más profundos. Celebrar la inversión como un hito de sostenibilidad mientras se sigue permitiendo un modelo urbanístico insostenible y sediento, tanto en Marbella como en el resto de la Costa del Sol, resulta, cuanto menos, contradictorio. ¿Estamos priorizando la solución a los síntomas (la falta de agua) en lugar de atajar las causas (un consumo desmedido)? La apuesta por la desalinización, aunque necesaria en el corto plazo, no puede ser la única respuesta a una gestión del agua que necesita una revisión profunda, incluyendo la concienciación ciudadana y una planificación territorial más responsable.
Si bien la inversión de 8 millones de euros y los planes anunciados para modernizar las infraestructuras hídricas son, sin duda, pasos en la dirección correcta, es crucial que se acompañen de medidas efectivas para frenar el desperdicio de agua y fomentar su uso eficiente. La interconexión de sistemas y la posibilidad de transferir recursos a zonas como Málaga y la Axarquía son un avance, pero no eximen de la necesidad de una estrategia global y coordinada que implique a todas las administraciones y sectores. ¿Estamos realmente preparados para un futuro en el que la escasez hídrica será una constante, o nos limitamos a parchear la situación con soluciones costosas y, potencialmente, insostenibles a largo plazo? La verdadera prueba de fuego será comprobar si estas inversiones se traducen en un cambio real en la cultura del agua y en una reducción efectiva del consumo en todos los ámbitos.
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