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Borja Giménez: A 25 años del asesinato de su padre por ETA, reflexiona sobre la memoria y el perdón

Eurodiputado Borja Giménez evoca el 25 aniversario del asesinato de su padre, criticando la figura de Arnaldo Otegi como «hombre de paz».

A 25 años del brutal asesinato de Manuel Giménez Abad: la entereza de Borja Giménez ante el legado de ETA

Bruselas, 2 de mayo de 2026. A pocos días de que se cumpla el vigésimo quinto aniversario del cruel asesinato de Manuel Giménez Abad, su hijo Borja Giménez Larraz, eurodiputado popular, rompe su silencio desde el corazón de la Unión Europea. En una entrevista concedida a eldiariodemalaga.es, Giménez Larraz desgrana con una lucidez desgarradora los recuerdos de aquella fatídica tarde del 6 de mayo de 2001, cuando la violencia de ETA truncó una vida y marcó para siempre la suya y la de su familia. El relato de Borja, entonces un joven de 17 años, es un testimonio de horror y resiliencia que resuena con una fuerza inusitada, especialmente ante el debate sobre las liberaciones condicionales y los arrepentimientos de los exterroristas.

La escena se recrea con vívida crudeza en la memoria de Borja. La salida de casa hacia el partido de fútbol del Zaragoza, la reticencia paterna y el impulso de su hijo para que asistieran. Un paseo apenas de cinco minutos que se convirtió en el umbral del abismo. «Vino un tío por la espalda y le metió tres tiros a mi padre», relata con una calma que contrasta con la magnitud del suceso. La imagen de su padre cayendo al suelo, el tercer disparo, la mirada fugaz del asesino antes de huir… son estampas grabadas a fuego. «Se me quedó mirando y luego ya salió corriendo», afirma, añadiendo un escalofrión a un relato ya de por sí sobrecogedor. El joven Borja, paralizado por el terror, solo podía girar alrededor de su padre, consciente de la gravedad de las heridas. «Yo ya era consciente de que de ahí no iba a salir vivo. Fue terrible», confiesa, reviviendo el grito mudo de impotencia.

La cruda realidad de las liberaciones y la estrategia etarra

En este contexto de dolor y memoria, Borja Giménez Larraz no elude la actualidad política y critica abiertamente las políticas de gestión penitenciaria que, a su juicio, normalizan las libertades condicionales. El eurodiputado hace especial hincapié en la escasa credibilidad que le otorgan a los supuestos arrepentimientos de los miembros de ETA, señalando el caso de Mikel Kabikoitz Karrera Sarobe, alias ‘Ata’, el autor material de la muerte de su padre, como un ejemplo de la impunidad que, en ocasiones, rodea a estos actos. «Ya lo dijo Otegi en su momento: presos por presupuestos», sentencia, dejando entrever la percepción de que estos gestos no son más que una maniobra estratégica. La reciente misiva de Garikoitz Aspiazu Rubina, ‘Txeroki’, uno de los líderes más sanguinarios de la banda, en la que expresa «sentimientos y reflexiones» sobre el daño causado, es vista por Giménez Larraz como una muestra más de esta estrategia, y no como un sincero acto de contrición.

El impacto de aquel atentado trascendió el dolor inmediato de Borja. La herida se extendió a toda la familia, dejando cicatrices profundas y duraderas. «Recuerdo a mis abuelos, que ya no levantaron cabeza, la verdad», comparte, su voz teñida de una emoción contenida. La muerte de su abuelo, apenas tres años y medio después, y el lamento silencioso de su abuela son testimonios del devastador efecto dominó que provocó la violencia terrorista. «Ese día nos mataron a todos los que queríamos a mi padre», subraya, definiendo a su progenitor como «una grandísima persona, un muy buen tipo». El lamento más profundo, sin embargo, se centra en lo que Manuel Giménez Abad no pudo vivir: ver crecer a sus nietas, envejecer junto a su esposa, disfrutar de sus pasiones como la montaña, o simplemente, seguir viviendo su vida.

La conmovedora narración de Borja Giménez Larraz sobre el asesinato de su padre, Manuel Giménez Abad, nos confronta con la brutalidad implacable del terrorismo y, al mismo tiempo, nos invita a una reflexión profunda sobre la memoria y la justicia. La entereza con la que Borja desgrana los hechos, incluso 25 años después, es un testimonio de la fortaleza humana, pero también subraya la herida imborrable que el terrorismo inflige no solo a las víctimas directas, sino a generaciones enteras. La lucidez con la que analiza la estrategia de los arrepentimientos, ligada a lo que él denomina «presos por presupuestos», no es una mera opinión política, sino la dolorosa conclusión de quien ha vivido el desprecio hacia la verdad y la dignidad de las víctimas en su forma más cruel. La sensación es que, tras la fachada de supuesta «reconciliación», se esconde una ingeniería de olvido interesada, que busca sanitizar un pasado manchado de sangre sin ofrecer una reparación genuina.

Es precisamente en este punto donde reside la mayor crítica implícita a la coyuntura actual: la normalización de las libertades condicionales y la aparente pasividad ante las declaraciones de los etarras. Lo que Giménez Larraz expone es la desigualdad insoportable entre el dolor eterno de las familias y la pragmática de un relato público que, a veces, parece priorizar la paz a cualquier coste, incluso el de la justicia. La frase «el que más perdió aquel día fue mi padre» resuena con una verdad abrumadora. No se trata solo de la pérdida de una vida, sino de un futuro truncado, de momentos vitales no vividos, de abuelos que no levantaron cabeza y de la tristeza que perdura. La llamada a la reflexión que emana de su experiencia nos obliga a preguntarnos si, como sociedad, estamos verdaderamente honrando la memoria de quienes sufrieron en silencio, o si, por el contrario, hemos caído en una espiral de condescendencia que trivializa el horror y diluye la responsabilidad. La memoria colectiva no puede permitirse el lujo de la amnesia selectiva; debe ser un pilar fundamental para evitar que historias como la de Manuel Giménez Abad se conviertan en meros capítulos de un pasado lejano, sin las lecciones que todavía hoy necesitamos aprender.

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