El Mundial 2026, que ya ha echado a rodar sus primeros compases en suelo estadounidense, trae consigo un suspiro de alivio para miles de aficionados que cruzaban los dedos por un desarrollo pacífico y exento de sobresaltos. La principal preocupación, latente durante meses, sobre el papel que jugaría el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) durante el evento deportivo más esperado del planeta, parece haber encontrado una respuesta tranquilizadora por parte del Gobierno de Estados Unidos.
Durante los meses previos al pitido inicial, un coro de voces, desde organizaciones civiles y defensoras de los derechos humanos hasta responsables políticos locales, habían manifestado su inquietud ante la posibilidad de operativos migratorios en las inmediaciones de los estadios o en los puntos neurálgicos de reunión de aficionados. La advertencia llegó a ser tal que más de 120 organizaciones emitieron recomendaciones y alertas dirigidas específicamente a los visitantes internacionales, temiendo que la fiebre del fútbol pudiera empañarse por una agenda migratoria.
Sin embargo, el secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin, ha tomado la palabra en un intento claro por disipar las nubes de incertidumbre. En una reciente entrevista concedida a CBS News, Mullin enfatizó que los agentes del ICE desplegados durante el torneo tendrán como prioridad absoluta la lucha contra las actividades delictivas inherentes a grandes eventos masivos. Su enfoque se centrará en erradicar la venta de entradas fraudulentas, la falsificación de productos oficiales, el tráfico de personas, el narcotráfico y la identificación de individuos con vínculos a listas de vigilancia antiterrorista, garantizando así un entorno seguro para todos.
“Cuando estamos en estos eventos deportivos no estamos allí haciendo control migratorio”, sentenció Mullin con firmeza. Si bien reconoció que el ICE continuará desempeñando sus funciones habituales, insistió en que la misión primordial durante el Mundial será la de salvaguardar la seguridad de millones de aficionados y asegurar el desarrollo fluido del campeonato. “No estamos allí para hacer redadas masivas”, recalcó el máximo responsable de Seguridad Nacional, dejando claro que la hospitalidad y la seguridad priman sobre cualquier otra acción.
Este mensaje de calma ha encontrado eco en las declaraciones de responsables locales en algunas de las ciudades sedes más importantes. En Los Ángeles, por ejemplo, el sheriff del condado, Robert Luna, ha confirmado que las autoridades federales le han transmitido de manera explícita que no se prevén actuaciones de control migratorio dirigidas a los partidos ni a los eventos oficiales de la Copa del Mundo. La presencia del ICE, por lo tanto, se asemejará mucho más a la que se ha visto en otros grandes acontecimientos internacionales, como la Super Bowl, donde este mismo año se desestimaron operaciones específicas de inmigración vinculadas al evento.
Estados Unidos, el anfitrión principal con la organización de 78 de los 104 partidos del Mundial, espera recibir a millones de visitantes de todos los rincones del planeta. Ciudades como Nueva York, Los Ángeles, Miami, Dallas, Atlanta o Seattle se convertirán en los escaparates globales de un torneo que promete paralizar al mundo durante más de un mes. En este contexto, Washington busca activamente evitar que el debate migratorio eclipse un certamen concebido para proyectar la mejor imagen organizativa del país. A pesar de la reciente aprobación de un paquete de financiación de 70.000 millones de dólares para reforzar las capacidades del Departamento de Seguridad Nacional, el mensaje oficial para los aficionados es inequívoco: la seguridad del torneo es la máxima prioridad, no la conversión de los estadios en puntos de control migratorio.
La aparente tregua anunciada por el Gobierno de Estados Unidos respecto a la actuación del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) durante el Mundial de 2026, aunque bienvenida por miles de aficionados y organizaciones de derechos humanos, no deja de suscitar una esperanza cautelosa. Si bien el mensaje de que la prioridad será la seguridad del evento y no las operaciones migratorias es un respiro, no debemos olvidar el contexto. Las propias matizaciones del secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin, sobre que el ICE «seguirá cumpliendo sus funciones habituales», sugieren que la vigilancia y las posibles intervenciones, aunque no masivas ni dirigidas específicamente a los estadios, siguen latentes. Es un equilibrio precario entre la imagen internacional que el país desea proyectar y las políticas de control fronterizo que, a menudo, se aplican con rigidez.
Más allá de las garantías verbales, la verdadera prueba de fuego residirá en la ejecución sobre el terreno. La historia nos enseña que las promesas políticas, por bienintencionadas que sean, pueden verse erosionadas por la urgencia o por interpretaciones flexibles de la ley. Es fundamental que las autoridades estadounidenses mantengan una comunicación transparente y constante con las comunidades y las organizaciones civiles, y que existan mecanismos claros de rendición de cuentas en caso de que se produzcan incidentes que empañen el espíritu deportivo y de acogida que un evento de esta magnitud debería encarnar. La celebración del Mundial no debe convertirse en una excusa para intensificar una política migratoria que, en ocasiones, ha sido percibida como represiva, sino en una oportunidad para demostrar un enfoque más humano y respetuoso de los derechos fundamentales, apostando por la inclusividad y no por la exclusión.
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