Boca Juniors, fuera de la Copa Libertadores en fase de grupos. El Xeneize no pudo asegurar su clasificación y cae ante Universidad Católica.
La mística de La Bombonera no fue suficiente. Boca Juniors, con la imperiosa necesidad de asegurar su continuidad en la Copa Libertadores 2026, no pudo con un combativo Universidad Católica y firmó una eliminación temprana que lo relega a la Copa Sudamericana. El sueño continental para el ‘Xeneize’ se diluyó en 90 minutos de imprecisiones y falta de contundencia, dejando un sabor amargo a su afición y certificando el liderato del grupo D para los chilenos.
Desde el pitido inicial, se palpaba la tensión en el aire de Brandsen 805. Boca Juniors, consciente de la trascendencia del encuentro, intentó imponer su ritmo. Lautaro Blanco, con su habitual ímpetu por la banda, generó las primeras ocasiones, tejiendo un centro al que Exequiel Zeballos respondió con un zurdazo que rozó la gloria. La insistencia ‘xeneize’ se tradujo en un asedio intermitente, pero la falta de puntería y las oportunidades desperdiciadas se convirtieron en una sombra que acecharía al equipo durante todo el partido. Marco Pellegrino, desde la defensa, también probó suerte con un potente derechazo, demostrando la voluntad ofensiva, pero el gol se resistía. Fue entonces, cuando el partido parecía inclinarse a favor de los locales, que llegó el golpe inesperado. Una contra fulminante de Universidad Católica culminó en una obra de arte colectiva. La conexión entre Eugenio Mena y Clemente Montes, quien tras una gran jugada individual encaró hacia el área y definió con un remate seco que, tras acariciar el poste, se coló en la red. El silencio se apoderó de La Bombonera, y la obligación de Boca se multiplicó.
El segundo tiempo arrancó con otra cara, o al menos, con la misma urgencia pero con un mayor arrojo. Milton Delgado sirvió un pase medido a Zeballos, quien se filtró en el área, pero su remate, con la marca encima, se marchó desviado. La genialidad apareció en los botines de Milton Giménez, cuya espectacular chilena, tras un control orientado magistral, acarició el travesaño, dejando a la hinchada en pie y con la esperanza renovada. Sin embargo, el juego de Boca se antojaba más un albur que una estrategia definida. Zeballos, en su afán por ser protagonista, volvió a tener una opción clara, pero su disparo cruzado careció de la potencia y dirección necesarias. La desesperación se palpaba en cada acción, y el tiempo se convertía en un enemigo implacable.
El embate final de Boca Juniors se encontró con un muro defensivo y un portero inspirado. Ángel Romero, con un testarazo al área, generó una disputa crucial, el balón quedó a merced de Alan Velasco, pero la milagrosa intervención de Jhojan Valencia sobre la línea privó al ‘Xeneize’ del ansiado empate. Las oportunidades seguían llegando, a menudo fruto de la insistencia más que del buen juego. Un centro pasado, un rebote fortuito y un buscapié de Tomás Aranda obligaron a una nueva intervención defensiva salvadora. Incluso Leandro Paredes, con un pase de tres dedos exquisito, habilitó a Romero, cuyo remate de cabeza, falto de potencia, fue blocado por Vicente Bernedo. La sensación de impotencia crecía con cada minuto que se consumía.
El gol del empate, que se creyó ver en las celebraciones de Miguel Merentiel y Exequiel Zeballos, fue anulado por un ajustado fuera de juego, ratificado por el VAR, hundiendo aún más el ánimo local. La última jugada del partido, un nuevo centro de Paredes y otro cabezazo de Romero, volvió a ser contenido por Bernedo, sellando un destino que ya se sentía inevitable. Boca Juniors, con esta derrota, se despide de la Copa Libertadores en la fase de grupos, relegado a disputar la Copa Sudamericana, donde se enfrentará a O’Higgins de Chile en dieciseisavos. Universidad Católica, por su parte, respira tranquilo como líder del grupo, mientras que Cruzeiro se asegura la segunda plaza. El futuro continental para el ‘Xeneize’ se presenta ahora en un torneo de menor lustre, obligándolo a una profunda reflexión sobre el rumbo deportivo.
La eliminación de Boca Juniors de la Copa Libertadores, en una fase de grupos que prometía ser un mero trámite para un club de su calibre, es un reflejo doloroso de la falta de solidez y jerarquía que atraviesa el equipo. Más allá del resultado final, que los relega a la Copa Sudamericana, lo preocupante es la ausencia de un plan de juego claro y la dependencia excesiva de destellos individuales que, esta vez, no fueron suficientes para romper el cerrojo de Universidad Católica. La Bombonera, lejos de ser un fortín inexpugnable, se convirtió en un escenario donde la ansiedad y la imprecisión se apoderaron de los jugadores, evidenciando una preparación mental y táctica deficiente para partidos de alta presión.
Esta derrota debe ser un llamado de atención mayúsculo. No se trata solo de un traspié deportivo, sino de una señal de alarma sobre la dirección del proyecto deportivo. La clasificación a la Sudamericana, si bien es un consuelo mínimo, no puede ocultar la realidad: Boca Juniors debe reencontrarse con su identidad, con esa garra y ambición que históricamente lo han caracterizado. Es imperativo que la dirigencia y el cuerpo técnico asuman la responsabilidad y trabajen en la construcción de un equipo competitivo, capaz de afrontar los desafíos con convicción y no solo con esperanza. El futuro inmediato de Boca exige autocrítica y decisiones valientes, porque la afición merece mucho más que la mediocridad.
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