La batalla por el control del fútbol mundial ha entrado en una fase decisiva. Lo que comenzó como una audaz apuesta de Gianni Infantino por privatizar partes de las lucrativas Copas del Mundo ha desembocado en una crisis institucional que sitúa a Nasser Al-Khelaifi, el imponente presidente del Paris Saint-Germain, en el epicentro de todas las miradas. La supuesta «lluvia de millones» prometida a los clubes se ha tornado en una tormenta política, y ahora, el hombre que maneja los hilos del PSG, la European Football Clubs (EFC), el Comité Ejecutivo de la UEFA y el gigante audiovisual beIN Media, emerge como el paraguas para una FIFA tambaleante.
La estrategia de Al-Khelaifi ha demostrado ser mucho más que un simple movimiento de ajedrez de despacho. A finales de julio, la información destapada por Politico sugería una posible candidatura contra Infantino en las elecciones de 2027, una idea que muchos consideraron un mero rumor de pasillo. Sin embargo, apenas dos semanas después, la Realpolitik ha dictado sentencia. Una misiva contundente de la EFC, fechada el 31 de julio, no solo ha forzado a Infantino a archivar su controvertido proyecto de privatización de las Copas del Mundo de Clubes, sino que ha puesto contra las cuerdas a la actual cúpula de la FIFA. La amenaza de retirar a los equipos europeos de los Mundiales de Clubes de 2028 y 2029, hasta que se garantice una participación real y autoridad comercial para los clubes en dichas competiciones, ha sido un golpe maestro. Además, la EFC exige el pago de 215 millones de euros en concepto de pagos de solidaridad pendientes y una transparencia total en las cuentas de la FIFA.
La respuesta de Infantino, prometiendo una reunión urgente y dando carpetazo a su iniciativa, no ha logrado sofocar el incendio. Las confederaciones de la UEFA, CONCACAF y AFC han cargado contra el actual presidente de la FIFA, acusándole de actuar sin consulta previa, de romper la confianza y de ocultar información vital. A pesar de la aparente normalidad que Infantino intenta proyectar de cara a su reelección en 2027, el poder de Al-Khelaifi es innegable. Su dominio se extiende del terreno de juego a los despachos, pasando por los despachos de las grandes cadenas televisivas. Con un poder deportivo, institucional y mediático sin precedentes, el catarí ha demostrado que posee la influencia necesaria para dictar las reglas del juego, obligando a la FIFA a navegar en aguas turbulentas.
Si bien Al-Khelaifi insiste públicamente en su satisfacción al frente del PSG y su deseo de continuar en su puesto, esta negativa no debe tomarse como una renuncia definitiva. El plazo para la presentación de candidaturas a la presidencia de la FIFA se acerca (18 de noviembre), y los rumores apuntan a que Al-Khelaifi ya cuenta con el apoyo escrito de cinco federaciones, un requisito indispensable. Aunque Infantino aún conserva aliados poderosos y no es un líder institucional acabado, la figura de Al-Khelaifi se erige como el principal contendiente, con la capacidad de aglutinar clubes, capital, influencia televisiva y conexiones políticas. Hoy puede decir que no aspira al sillón presidencial, pero la realidad es que ya ha logrado que quien lo ocupa mire constantemente por el retrovisor, anticipándose a lo que podría ser un cambio de guardia en el máximo organismo del fútbol mundial. La partida ha comenzado, y Al-Khelaifi, con su estrategia impecable, parece estar jugando para ganar.
La jugada de Gianni Infantino de intentar privatizar una parte sustancial del negocio de las Copas del Mundo de fútbol ha resultado ser un boomerang que ahora amenaza con sacudir los cimientos de la FIFA. Lo que se presentaba como una estrategia para inyectar liquidez se ha convertido en una crisis de confianza, evidenciando una preocupante falta de consulta y transparencia por parte de la máxima organización del fútbol. La sombra de Nasser Al-Khelaifi, con su formidable poder deportivo, institucional y mediático, se cierne sobre la figura de Infantino. La amenaza de boicot a los Mundiales de Clubes por parte de la European Football Clubs, liderada por el propio Al-Khelaifi, demuestra que la influencia del catarí va mucho más allá de la presidencia del PSG, obligando a Infantino a replantearse sus planes y lanzando un mensaje inequívoco: el poder de los clubes, canalizado a través de organizaciones influyentes, no puede ser ignorado en la toma de decisiones que afectan al futuro del deporte rey.
La reacción de Infantino al archivar su proyecto, si bien es un reconocimiento implícito de la presión ejercida, no resuelve las grietas abiertas. Las acusaciones de UEFA, CONCACAF y AFC apuntan a una gestión opaca y a una ruptura de la confianza que tardará en sanar. Mientras tanto, Al-Khelaifi se posiciona estratégicamente, negando públicamente ambiciones directas pero acumulando apoyos que le colocan en una posición de fuerza considerable. La situación nos invita a reflexionar sobre la concentración de poder en el fútbol moderno y la necesidad de mecanismos más democráticos y transparentes que aseguren que la voz de los clubes y las confederaciones sea escuchada de forma genuina, no como una concesión forzada. El tablero de ajedrez de la FIFA se ha vuelto más complejo, y la figura de Al-Khelaifi, con su capacidad para aglutinar intereses y ejercer presión, se ha consolidado como un actor determinante, dejando a Infantino en una posición defensiva y obligándole a mirar al futuro con mayor cautela.
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