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Boca vence a River por penal en un superclásico caliente.

Boca Juniors se impone en el Superclásico con gol de Paredes, cortando una racha invicta de River Plate.

El Clásico se tiñe de Azul y Oro: Boca Demuestra Carácter y Liderazgo ante River

La Bombonera vibró con un Superclásico que, pese a la fricción y la intensidad, terminó decidiéndose por la determinación de Boca Juniors. Los xeneizes, invictos y con una racha de 12 partidos sin conocer la derrota, supieron sobreponerse a un River Plate que llegaba con sus propias credenciales de buen momento, acumulando 8 encuentros sin caer. El marcador final, un reflejo de un encuentro disputado hasta el último suspiro, vio a Boca imponerse con un gol de penal que transformó su capitán, Leandro Paredes, demostrando una vez más por qué es el motor del equipo.

El primer tiempo se caracterizó por un juego de ajedrez táctico, donde las defensas impusieron su ley y las oportunidades claras escasearon. Las malas condiciones del terreno de juego y la presión inherente a un partido de esta magnitud condicionaron el fluir del balón, convirtiendo cada aproximación en una batalla más. Sin embargo, fue en los minutos finales de la primera etapa donde el partido se rompió. Una recuperación inteligente de Kendry Páez desembocó en una media vuelta de Maximiliano Salas que acarició el poste, anunciando el peligro. Poco después, el pase milimétrico de Paredes habilitó a Miguel Merentiel, quien se encontró mano a mano, pero su definición se marchó rozando la madera.

La jugada que cambiaría el curso del partido llegaría en el agregado de la primera mitad. Nuevamente, el genio de Paredes, con otro pase de tres dedos, volvió a dejar a Merentiel frente al arco. En esta ocasión, su volea fue interceptada por un defensor de River, pero la intervención del VAR fue crucial. Tras la revisión, el árbitro Darío Herrera sancionó una clara mano, otorgando un penal que Leandro Paredes transformaría con maestría, enviando el balón al ángulo mientras el arquero adivinaba erróneamente su intención. El festejo del capitán, un guiño a la leyenda Riquelme con su icónico «topo gigio», desató la euforia en las gradas de La Bombonera, sellando un primer tiempo de alta tensión.

Tras el descanso, Boca salió decidido a sentenciar el partido. A los 51 minutos, un error en la salida de River fue capitalizado por Merentiel, cuyo remate fue tapado por Martínez Quarta. Un minuto después, una presión alta de Lautaro Blanco permitió a Merentiel habilitar a Santiago Ascacíbar, cuyo potente disparo fue desviado al córner por Santiago Beltrán. River intentó reaccionar, pero las intervenciones de Leandro Brey, que demostró seguridad bajo los tres palos, frustraron sus intentos. La mejor jugada colectiva de River, una triangulación que terminó con un centro de Rivero y un desvío de Martínez Quarta, también fue neutralizada por Brey. Boca, por su parte, respondió con un avance de Merentiel que cedió a Adam Bareiro, quien con una gran jugada individual habilitó a Milton Delgado, cuyo remate se fue cerca. El partido se mantuvo abierto, con ambos equipos buscando imponer su ritmo, pero la ventaja del conjunto xeneize, forjada en la inteligencia y la contundencia de sus individualidades, se mantuvo inalterable.

La crónica del encuentro entre River y Boca, más allá de la previsible intensidad de un superclásico, nos deja una sensación agridulce, propia de las citas donde la pasión suele devorar el buen fútbol. Es cierto que ambos equipos llegaban con rachas positivas, augurando un choque de tú a tú, pero lo que se plasmó sobre el césped fue, en gran medida, una batalla táctica marcada por la fricción y la prudencia defensiva. La escasez de ocasiones claras en el primer tiempo, salvo los fogonazos individuales y las polémicas que siempre envuelven a este tipo de partidos, pone de manifiesto una dificultad patente para desequilibrar al rival a través de un juego elaborado. El gol de penal, por más que revisado por el VAR, se antoja como la consecuencia de una circunstancia más que de una superioridad futbolística demostrada.

Resulta desalentador observar cómo la expectación generada por este duelo de gigantes se disipa en la falta de atrevimiento y en un exceso de respeto mutuo. Si bien es comprensible la importancia de no cometer errores, especialmente en un primer tiempo tan disputado, el desarrollo del partido deja la impresión de que ambos técnicos priorizaron el control y la solidez sobre la propuesta ofensiva audaz. La segunda mitad, con alguna aproximación más y la insistencia de Boca por ampliar la ventaja, no alteró sustancialmente este guion. Queda la reflexión de si estos encuentros de máxima rivalidad deberían ser también un escaparate del talento y la capacidad de improvisación, o si, por el contrario, la estrategia y la contención son las únicas vías para alcanzar la gloria en la liga argentina. El aficionado, seguramente, anhela un equilibrio mayor entre emoción y espectáculo.

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