Desde la soleada Málaga, donde el Mediterráneo besa la costa, la afición futbolística malagueña contiene el aliento. La Selección Española, imponente y revitalizada bajo la batuta de Luis de la Fuente, viaja hoy a Tiflis con un objetivo grabado a fuego en sus botas: asegurar virtualmente su presencia en el Mundial 2026. El combinado nacional, un vendaval de juego y goles, se enfrenta mañana a una Georgia desahuciada, un escollo que, sobre el papel, parece insignificante ante la ambición desmedida de «La Roja».
La trayectoria de España en esta fase clasificatoria es sencillamente impecable: 12 puntos de 12 posibles, un ataque voraz que ha perforado las redes rivales en 15 ocasiones y una defensa inexpugnable que aún no ha concedido ni un solo gol. Unos números que no solo certifican el buen momento de forma del equipo, sino que también intimidan a sus rivales y reafirman la candidatura española a pelear por los puestos de honor en la próxima cita mundialista.
El camino hacia el Mundial, no obstante, aún no está completamente allanado. Turquía, con 9 puntos, acecha en la sombra, dispuesta a aprovechar cualquier tropiezo español. Un triunfo otomano ante Bulgaria, sumado a una improbable derrota de España en Tiflis, convertiría el España-Turquía del martes en Sevilla en un duelo de infarto, una final anticipada donde los nervios y la presión podrían jugar malas pasadas.
Pero en el seno de la selección española reina la calma y la confianza. Luis de la Fuente ha sabido insuflar una nueva identidad al equipo, combinando la veteranía de los pesos pesados con la frescura y el descaro de los jóvenes talentos. El resultado es un conjunto sólido, versátil y con una pegada letal que no depende exclusivamente de un único delantero centro.
El estado de gracia de Mikel Merino, un auténtico todoterreno que ha visto puerta en ocho ocasiones en lo que va de año, y la explosión goleadora de Mikel Oyarzabal, son dos de los factores que explican el resurgir de una selección que, tras años de dudas, vuelve a ilusionar a la afición.
Si España cumple con los pronósticos y se impone a Georgia, el partido del martes ante Turquía en el estadio Ramón Sánchez-Pizjuán de Sevilla se convertirá en una fiesta de celebración. La afición andaluza, conocida por su pasión y entrega, está ansiosa por arropar a su selección y festejar el billete para el Mundial 2026.
En definitiva, España se encuentra a un paso de la gloria mundialista. La victoria ante Georgia es el primer paso hacia un sueño que se antoja cada vez más real. Málaga, y toda España, confía en que «La Roja» haga los deberes y nos regale una noche inolvidable en Sevilla.
La euforia desmedida que impregna este tipo de previas futbolísticas resulta, a mi juicio, contraproducente y hasta peligrosa. Si bien es cierto que la selección española muestra un juego convincente y los números son innegables, pintar a Georgia como un mero trámite es un ejercicio de simplificación que ignora la imprevisibilidad inherente al deporte rey. Crear expectativas irrealmente altas solo sirve para alimentar la frustración en caso de un resultado adverso, y minimiza el mérito potencial de un rival que, por modesto que parezca, merece respeto. Urge un periodismo deportivo más analítico y menos triunfalista, que reconozca la complejidad del juego y evite caer en la trampa fácil del optimismo ciego.
Más allá de la innegable mejoría en el juego de «La Roja», impulsada por la renovación generacional y la mano de De la Fuente, persiste una duda razonable sobre su capacidad para mantener este nivel ante rivales de mayor envergadura. La complacencia, alimentada por una cobertura mediática excesivamente positiva, podría convertirse en el peor enemigo de este equipo. El partido contra Turquía en Sevilla, si España logra la victoria en Georgia, ofrece una oportunidad valiosa para calibrar el verdadero potencial del equipo ante una selección más experimentada y competitiva. No nos dejemos llevar por la corriente del entusiasmo; la verdadera prueba de fuego está por llegar.
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