Valladolid, 14 de octubre de 2025 – La selección española despidió el parón internacional con una contundente victoria 4-0 ante Bulgaria en un José Zorrilla que vibró con el juego desplegado por los de Luis de la Fuente. Un triunfo que no solo consolida el liderato del grupo de clasificación para el Mundial, con pleno de victorias, sino que también iguala un hito histórico: el récord de 28 partidos invictos de Vicente del Bosque, el técnico que condujo a España a la gloria mundialista.
El partido fue un monólogo español desde el pitido inicial. La renovada alineación, con caras menos habituales, demostró la profundidad y el talento que atesora el combinado nacional. El control del balón, la presión asfixiante y la fluidez en la circulación fueron los sellos de identidad de una España que no dio respiro a una Bulgaria ya desahuciada en la fase de clasificación. El premio a la insistencia llegó mediada la primera mitad, cuando Mikel Merino, en estado de gracia, cabeceó a la red un centro medido de Le Normand, desatando la euforia en la grada vallisoletana.
La segunda parte fue una prolongación del dominio español. Mikel Merino volvió a erigirse como el héroe de la noche, firmando un doblete también de cabeza tras otro centro milimétrico, esta vez obra de Grimaldo. Bulgaria, prácticamente inofensiva, apenas inquietó la portería defendida por Unai Simón, que solventó con solvencia la única ocasión clara de los búlgaros. La fortuna también sonrió a España, ya que un centro de Aleix García fue desviado por Chernev al fondo de su propia portería, ampliando la ventaja a 3-0.
El colofón a la goleada lo puso Mikel Oyarzabal, transformando un penalti cometido sobre el omnipresente Mikel Merino. Un gesto de generosidad del centrocampista, que renunció a su hat-trick para ceder el lanzamiento a su excompañero en la Real Sociedad, demostrando la unión y el compañerismo que reinan en el vestuario español. Con este triunfo, España da un paso de gigante hacia el Mundial, confirmando su condición de favorita y alimentando la ilusión de una afición que sueña con reeditar los éxitos del pasado. El fantasma de Del Bosque, lejos de ser una sombra, se convierte en un espejo donde reflejar la ambición y el hambre de gloria de esta nueva generación de futbolistas españoles.
La euforia desatada por el 4-0 ante Bulgaria y el espejismo del récord de Del Bosque no deberían cegarnos ante la realidad: esto es la fase de clasificación para un Mundial. Golear a una selección búlgara en horas bajas no mide el verdadero potencial de España ni la sitúa automáticamente entre las favoritas para la Copa del Mundo. Celebrar en exceso este tipo de victorias es un error que ya hemos cometido en el pasado y que, lamentablemente, nos ha llevado a estrepitosos fracasos en citas importantes. La prueba real para esta selección llegará cuando se enfrente a rivales de mayor enjundia y en situaciones de máxima presión.
Más allá del resultado, preocupa la dependencia que parece existir hacia la figura de Mikel Merino. Su doblete, sin duda meritorio, no puede ocultar la necesidad de encontrar más alternativas ofensivas y soluciones tácticas que no pasen exclusivamente por el juego aéreo o los centros laterales. La «generosidad» de Merino al ceder el penalti a Oyarzabal, aunque aplaudible en lo personal, también revela una carencia de liderazgo y ambición en el campo. Un verdadero líder habría reclamado el balón para firmar un hat-trick y demostrar su capacidad resolutiva, en lugar de conformarse con un gesto de compañerismo que, en el fondo, disimula la falta de instinto depredador que se exige a un jugador de su nivel. La ilusión está bien, pero la autocrítica es fundamental para construir un equipo campeón.
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