El Partido Vox se enfrenta a una nueva crisis interna que amenaza con desestabilizar su estructura. La reciente expulsión de Sonia Lalanda, hasta el viernes pasado portavoz municipal en el Ayuntamiento de Palencia, ha destapado una olla a presión donde las discrepancias con la dirección nacional, las acusaciones de opacidad financiera y las sospechas de injerencias extranjeras convergen en un cóctel explosivo. Lalanda, ahora concejala no adscrita, se une a una creciente lista de voces críticas que denuncian la «bunkerización» del liderazgo de Santiago Abascal y el abandono de los principios fundacionales del partido.
La purga interna no se limita a Palencia. El general retirado Antonio Budiño, quien encabezó la lista de Vox por Pontevedra en las generales de 2019, también ha sido apartado de la formación, engrosando las filas de los disidentes. Esta cascada de expulsiones ha generado un clima de incertidumbre y desconfianza entre las bases, que observan con preocupación cómo el partido se desangra internamente. La situación en Palencia es especialmente delicada, ya que el único representante que queda en el consistorio, Eduardo Polo, está bajo expediente por apoyar a Lalanda, lo que podría dejar al partido sin representación en la ciudad.
Las críticas de Lalanda hacia la cúpula del partido no son un hecho aislado. La plataforma ‘Defiende Tu Vox’, impulsada por varios miembros y críticos en diciembre de 2024, ha denunciado la concentración de poder en la dirección nacional y las «dudas sobre el origen y destino» de los fondos del partido. Según los firmantes del manifiesto, existiría un «entramado empresarial» opaco que estaría gestionando los recursos económicos de la formación. Estas acusaciones, sumadas a la polémica generada por el préstamo de 6,5 millones de euros del MBH Bank (una entidad húngara participada por el Estado de Viktor Orbán) para la campaña de las generales, han alimentado las sospechas sobre la financiación del partido y su posible dependencia de intereses extranjeros.
Para muchos de los críticos, este vínculo económico explicaría el reciente giro ideológico de Vox, que ha abandonado el grupo Conservadores y Reformistas Europeos (ECR) de Giorgia Meloni para alinearse con el bloque Patriots for Europe, liderado por Orbán. Este cambio de rumbo ha provocado un terremoto interno, especialmente en Castilla y León, donde Juan García-Gallardo, entonces vicepresidente autonómico y uno de los rostros más visibles de Vox, abandonó el partido en febrero de este año. En un mensaje en su cuenta de X, Gallardo denunció la concentración de poder en la cúpula y la pérdida de la pluralidad de liderazgos que caracterizaba al partido en sus inicios.
La salida de Gallardo se suma a la de otros procuradores en las Cortes de Castilla y León, como Javier Bernardo Teira y Ana Rosa Hernando, quienes también han expresado públicamente su desacuerdo con la deriva del partido. El cisma interno en Vox amenaza con fracturar la formación y debilitar su posición en el panorama político español. La pregunta que se hacen muchos militantes y simpatizantes es si Santiago Abascal será capaz de reconducir la situación y evitar que el partido se desmorone bajo el peso de las disputas internas y las sospechas de corrupción. El futuro de Vox, sin duda, está en juego.
El caso de Vox, lejos de ser una anomalía, es un síntoma preocupante de la deriva que aqueja a la ultraderecha europea. La aparente solidez que exhibía el partido de Abascal se desmorona ante un modelo de liderazgo vertical y una opacidad financiera que recuerdan a tiempos pasados que creíamos superados. La concentración de poder y la falta de transparencia, denunciadas por figuras relevantes que han abandonado la formación, evidencian una preocupante desconexión con las bases y con los principios democráticos que supuestamente defendían. El supuesto «patriotismo» del partido se diluye ante la evidencia de una dependencia económica de intereses foráneos, representados en la figura, cada vez más controvertida, de Viktor Orbán.
Más allá de las purgas internas y las acusaciones cruzadas, el verdadero problema de Vox reside en su incapacidad para evolucionar y adaptarse a las demandas de una sociedad plural y diversa. El giro ideológico, que los ha llevado a abandonar la moderación relativa del ECR de Meloni para abrazar el radicalismo de Orbán, no es sino una estrategia desesperada por mantener un nicho de poder, a costa de sacrificar la coherencia ideológica y el respeto a los principios democráticos. ¿Es este el futuro que queremos para Málaga, una ciudad abierta, tolerante y cosmopolita? La respuesta, afortunadamente, parece clara, pero exige una vigilancia constante y un compromiso firme con los valores de la democracia y el respeto a la pluralidad.
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