En una tarde donde el sol de junio comenzaba a declinar, proyectando largas sombras sobre la Subdelegación del Gobierno, la Plataforma de Málaga por la Paz, contra la Guerra y el Rearme, desplegó su manifiesto de urgencia. Convocados por la inminente cumbre de la OTAN en Países Bajos, el colectivo, que aglutina voces de sindicatos, movimientos sociales y partidos políticos, clamó contra la escalada militarista global, exigiendo al Gobierno de Pedro Sánchez una postura firme de no implicación en nuevos conflictos bélicos. La consigna resonó con fuerza: «Queremos escuelas, hospitales y derechos sociales, no más armas».
Más allá de las pancartas y los eslóganes, la concentración fue un crisol de inquietudes compartidas. Nicolás Sguiglia, portavoz de Con Málaga, no dudó en señalar a Donald Trump como la principal amenaza para la paz mundial, evocando el fantasma de la guerra de Irak y la controvertida foto de Aznar junto a Bush. «El principal peligro para la humanidad hoy se llama Donald Trump», sentenció, acusando al expresidente estadounidense de arrastrar al mundo hacia una guerra «ilegal e ilegítima». La sombra de la injerencia extranjera y el temor a una política exterior española complaciente planearon sobre la protesta.
Pero la crítica no se limitó a la geopolítica internacional. Carmen Máximo, portavoz de Ustea Málaga, puso el foco en el desvío de recursos públicos hacia el rearme, denunciando que el gasto militar español ya supera el 2,5% del PIB, una cifra que, según la plataforma, podría destinarse a fortalecer los servicios públicos esenciales. La educación, la sanidad y los derechos sociales emergieron como prioridades frente a la creciente inversión en la «maquinaria bélica». La ecuación era clara: menos balas, más bienestar.
Hatem Abdoulkader, portavoz de Voces Palestinas Málaga, aportó una perspectiva particularmente cruda, denunciando el papel de la OTAN, Estados Unidos e Israel en los conflictos de Oriente Medio. Abdoulkader describió la situación como una «masacre sistemáticamente financiada por las potencias occidentales», estableciendo una conexión directa entre el negocio de las armas y la violación de los derechos humanos. Su discurso resonó con la urgencia de quienes ven en cada titular sobre la guerra una nueva afrenta a la humanidad. «Esta no es una guerra, es una masacre sistemáticamente financiada por las potencias occidentales», afirmó con vehemencia. La concentración, por tanto, no fue solo una protesta contra la OTAN, sino un llamamiento a la justicia global y al respeto por la vida.
Si bien es loable la movilización ciudadana en Málaga contra la escalada armamentística y la inminente cumbre de la OTAN, las voces al unísono que proclaman la necesidad de priorizar los servicios públicos por encima del gasto militar incurren, quizás, en una simplificación excesiva de la compleja realidad geopolítica. No se trata de elegir entre «balas o bienestar», sino de comprender cómo la seguridad, entendida en un sentido amplio y no necesariamente bélico, es un pilar fundamental para el desarrollo social y económico. Ignorar las amenazas existentes y renunciar a una política exterior activa y estratégica, bajo el paraguas de la OTAN o mediante otras alianzas, podría tener consecuencias devastadoras a largo plazo para nuestra propia sociedad, limitando precisamente ese bienestar que se busca proteger. ¿Acaso la paz se construye solo con buenas intenciones y renuncias unilaterales, o requiere también de una capacidad disuasoria y una defensa de los valores democráticos?
La simplificación del debate, personificando en figuras como Donald Trump todos los males del mundo, es una estrategia discursiva que, si bien comprensible en el contexto de una protesta, resulta insuficiente para un análisis profundo de la situación. La crítica a la OTAN debe ir más allá de la denuncia del «negocio de las armas» y abordar cuestiones fundamentales como la transparencia en la toma de decisiones, la rendición de cuentas de las operaciones militares y la promoción de soluciones diplomáticas a los conflictos. Celebrar manifestaciones como la de Málaga es vital para mantener viva la llama del pacifismo y la justicia social, pero resulta imprescindible elevar el nivel del debate público, ofreciendo propuestas concretas y realistas para construir una alternativa a un mundo dominado por la lógica de la confrontación.
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